QUITO. Panoramas, arte, historia, leyendas

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viajeTraduzione di
Pilar Montalvo

Premisas de un viaje
El viajero es, bajo muchos aspectos, un hombre primitivo, así como el nómada es más primitivo del campesino.
Sin embargo el superar la sedentariedad y el desprecio hacia los confines hacen de la gente de mi tipo los abanderados del futuro. Si existieran muchos hombres en los cuales fuera arraigado como lo es en mí el desprecio por las fronteras nacionales, entonces no existirían más guerras ni bloques. Nada es más odioso que las fronteras, nada es más estúpido.
Hermann Esse, Vagabondaggio, Newton Compton, 1994.

Recientemente, es decir desde el 2011, diversos motivos me han estimulado a conocer América Latina.
Mientras escribía El Negro del olvido, de la violencia de la Razón del Estado, mi primer viaje en Argentina fue para encontrar Tano – protagonista del libro -, que se refugió allá; más tarde escogió este país como exilio voluntario.
Trascurrí unos veinte días entre Buenos Aires y Mar de Ajó.
Poco después me encaminé hacia Asunción en Paraguay, para encontrar mi joven amigo Ricardo Torresi. Profesor de Derecho Internacional, siendo este su título de estudios; Italia le había ofrecido como trabajo, el comercio.
Por pura coincidencia, me encontré en Asunción en los días de un golpe blanco: la deposición del presidente de la república, el exobispo Fernando Armindo Lugo Méndez (22 de junio del 2012), a través del voto en la Cámara de Diputados. “Práctica inusual”, comentaron vivamente la estampa y la televisión; o “forzamiento constitucional” (¿en la república presidencial, un Presidente electo por el pueblo puede ser depuesto por el Parlamento sin haber sido condenado jurídicamente?) situación facilitada gracias a donaciones financieras entregadas a los diputados por parte de América del Norte, se hablaba de un millón y medio de dólares a persona. Fue este el precio para derrocar por segunda vez un presidente en la historia del Paraguay, el primero fue Rafael Blanco (1936-1937).
En el 2013, en Venezuela (Caracas, Ciudad Bolívar, Caripe y Puerto la Cruz) fui huésped de un emprendedor de raíces cortoneses Giorgio Migliacci. Un encuentro simpático, entre personas maduras, aunque sino contemporáneas (la diferencia de edad es de unos veinte años), y de ideas políticas escritas, diferentes. Pero unidos en el deseo de comprender algo más en relación a lo que sucede en el mundo (en Italia y Venezuela, en primis) y envueltos en la nostalgia de los recuerdos: de personajes y momentos de vida pasados, en nuestro territorio de origen.
Tres pasajes en América del Sur (Argentina, Paraguay y Venezuela), que han revivido curiosidad y pasiones, relegadas en el desván polvoroso de las experiencias de juventud. Los escritores Márquez, Vargas Llosa, Amado, Neruda, Che Guevara, Inti Illimani, Fidel Castro y la “revolución” cubana; el asesinato de Allende, presidente del Chile; la doctrina Monroe, estudiada en el colegio. Traducida en el despoje por parte de las multinacionales norteamericanas, de las materias primas (cobre, petróleo, bauxita, metales y minerales preciosos, tierras raras) de las cuales es rico el Sudamérica y con políticas agrícolas orientadas al empobrecimiento de la producción y comercio de productos de la tierra (madera, cacao, azúcar, café, algodón y banano). Y, para concluir, en la sistemática presión (interpretada a través la represión) política, violenta, despiadada y golpista ejercida sobre frágiles res publicae, despreciablemente bautizadas como repúblicas de las bananas; modelos de democracia indecentes.
Así me fui acercando a un continente con enorme potencial económico, humano y ambiental. Que se ofreció como última oportunidad de sobrevivencia a millones de personas que escapaban de Europa en momentos de negra miseria; o que huían de dramas personales (sentimentales o criminales), hacia aquel continente enorme y poco poblado, buscando reparo, en la esperanza de reconstruir una nueva vida.
Mi último descubrimiento como viajero, el Ecuador, es mérito de mi primo Franco Milani. Casado en su segundo matrimonio con una graciosa e inteligente ecuatoriana, Pilar Montalvo. Franco, es mi contemporáneo, unos diez años atrás me presentó su nueva esposa, que había conocido en un viaje a Cuba. En ese momento mi atención se dirigió a la crisis del hombre de media edad, que girando por el mundo encontró su nueva compañera.
Hasta que no se despertó la curiosidad de visitar el Ecuador. Alentado por esta pareja, que me ofreció un entusiasta apoyo y preciosas indicaciones, que se complementaron al proyecto de viaje elaborado consultando una de las más difusas guías turísticas, la Lonely Planet.
Así en la periferia de Pistoia, en la casa de Franco inicié a acercarme al Ecuador escuchando las sugerencias de Pilar. Mientras, ayudada de su hija más grande, preparaba una prueba culinaria con especialidades de su país. A ella debo también los primeros contactos en Quito: su hermana Rosy y el sobrino Mauricio, estudiante de ingeniería, que ha seguido un curso de italiano en el Centro Dante Alighieri.
Notas de viaje y fotografías recogidas, me fueron convenciendo que esta aventura a Quito podía convertirse en un libro. Era la ocasión de una visita y estudio particular de la ciudad andina, conviniendo con Claudio Magris que “para ver un lugar es preciso volver a verlo”. Lo conocido y familiar, continuamente descubierto y enriquecido es la premisa del encuentro, de la seducción y de la aventura; la veintésima o centésima vez que se habla con un amigo o que se hace el amor con la persona amada son infinitamente más intensas que la primera” .

“…el viaje, las personas y las cosas vistas, las historias recogidas en la vía vienen reinventadas y re-narradas , transformando la historia de un personaje, en gran parte inventado. Ya no le pertenecen; tienen una nueva dimensión, un nuevo tiempo, mixto y compuesto, el tiempo de la literatura que no coincide con aquello de la gramática y ni menos con aquello de la Historia.”
Claudio Magris. El infinito viajar. Anagrama
La hospitalidad ecuatoriana

Antes de partir me advirtieron: “defiéndete” de la cortesía ecuatoriana hacia el huésped. Efectivamente, bastó el anuncio de mi llegada a Quito, que, delante al hotel, se encontraban ya Rosy, Mauricio y José, un joven arquitecto que me ayudaría como guía; era la respuesta de Pilar a mi solicitud para aprovechar al máximo las veinte días disponibles.
Llegué de noche. Atravesamos la gran ciudad con sus calles bien mantenidas, transitables y bien iluminadas.
El hotel ofrecía a un precio decente habitaciones simples y otras tipo hostal; frecuentado por personas de toda edad, pero prevalentemente jóvenes.
Salía del invierno italiano (non rígido como años atrás, pero, la noche precedente al vuelo, en Roma, la temperatura se acercaba a cero), la atmósfera de Quito resultó agradable: una única estación primaveral todo el año, variando en intensidad de las precipitaciones. Por este motivo basta cubrirse o aligerar indumentos y cobijas, no hay necesidad de acondicionador ni de calefacción.
La compañía internacional presente en el hotel cambiaba continuamente. (Aunque si mi relación con los otros huéspedes se limitaba a la simplicidad convencional del: “¡Buenos días! ¡Buenas tardes! ¿Cómo estás? ¿De dónde vienes?”). Escuché el dulce fluir de las lenguas latinas (español, francés y portugués); el inglés usado con acentos diferentes, raramente en el oxfordiano clásico; en esa tal mescla de fonemas parecería encontrarse en la plaza de una alegre Babilonia. Alegría acentuada de las frecuentes explosiones de risa, provenientes del bar y del hall. El violín principal del hotel (lo descubrí pronto) era la directora. Su abuelo era de origen napolitano. Los sonidos que superando el nivel de una normal conversación, se difunden entre los locales, debido a una singular arquitectura estructural: cada habitación daba al patio/jardín.
El hotel despierta curiosidad ya desde su ingreso: en la fachada anónima con insegnias casi invisibles, se abre una puerta de fierro al nivel de la calle, que continúa con un empinado grupo de gradas de una decena de metros. En la parte superior, son dos las puertas de metal que se encuentran a un metro una de la otra para prevenir intrusiones.
Una obsesión recurrente en toda América del Sur. Puertas y ventanas en los pisos inferiores protegidos con defensas metálicas y cerramientos altos que con frecuencia, presentan pedazos de botellas de vidrio y telecámaras.
En efecto, la principal recomendación que te hacen es la de cuidarse para evidar asaltos en la calle o en los medios de transporte público: no usar cadenas, collares, pulseras, relojes o anillos de valor; escondiendo billeteras y documentos; no exhibir cámaras fotográficas o celulares costosos. Desgraciadamente el arte del asalto es a nivel mundial. Este fenómeno no se puede ignorar, cuando ves en la parte posterior de un bus la publicidad contra el robo de teléfonos celulares, la pena prevista es ¡un año de cárcel!
Alarmas que no me intimidaron, ni condicionaron mis desplazamientos; ya que adopté medidas dictadas simplemente del sentido común, como utilizar el taxi (que por cierto costa poco) para trayectos de media o larga distancia, especialmente la noche.
Sobre todo las personas, como me anticipó Pilar, son gentiles y acogedoras.
Una vez concluidos los procedimientos de registro y depositado el equipaje en el hotel, bastó media hora para encontrarme abandonado cómodamente relajado en el sillón en casa de Rosy, a conversar de mi permanencia con el joven arquitecto José. Listo, la mañana siguiente para guiarme en mis excursiones.

Quito a pie

Es bien sabido, el mejor modo para conocer una ciudad es recorriéndola a pie. Sin esperar los dos o tres días de aclimatación, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar, la mañana siguiente de mi llegada estuve listo para seguir a mi guía, partimos a pie desde el hotel. Distante unos veinte minutos del Centro Histórico, o simplemente El Centro.
En el tráfico intenso pero ordenado, nos dirigimos hacia el norte de la ciudad, memorizaba los principales puntos de orientación: dos grandes hospitales, una plaza, el observatorio astronómico (el primero en América del Sur, uno de los primados de Quito y del Ecuador), el Banco Central y el Registro Civil. Apenas más adelante se entra en el Quito Colonial.
<>, me decía José, entrando en calles y callejones con un tejido irregular. Trazados siguiendo las curvas de nivel topográficas, intersecados por calles orientadas en dirección de la figura dominante e imponente del volcán Pichincha.
El paisaje es relajante, aunque si a veces empinado.
Los edificios dedicados a la religión, al poder político y económico, así como a instituciones culturales se diferencian de las habitaciones por su peculiaridad arquitectónica e imponencia, resultando en el conjunto un tejido edificado agradable, con pocas excepciones disonantes. Se distingue por sus líneas simples, materiales como la piedra y sus colores: blanco, o pastel en tonalidades claras. Algunas zonas multicolor no disturban la armonía del complejo
El arquitecto evidenció dos tipos particulares de construcciones históricas: la post colonial (desde 1529) y la republicana (a inicios del mil ochocientos). Del período precolonial no quedaron señales. Consecuencia del orden de destrucción dado por parte del general Rumiñahui, fiel guerrero del rey Inca Atahualpa, convencido de la amenaza inminente de las tropas españolas. Es posible, que escavando bajo El Centro – como se prevé debido a la construcción de la metropolitana subterránea – salgan a la luz vestigios de aquel antiguo asentamiento.
Los conquistadores construyeron lo nuevo sobre lo viejo, recuperando los materiales provenientes de las ruinas.

¿Los últimos serán los primeros?

El miércoles de ceniza, inició el paseo en Quito. Las iglesias abiertas, eran repletas debido al continuo ir y venir de fieles (curuchupas ) para hacerse poner en la frente una cruz de ceniza.
Una vez en la iglesia del Sagrado Corazón – al concluir la primera breve exploración de la ciudad – y notando que el arquitecto estaba deseoso de hacerse poner la ceniza, lo animé a cumplir con su devoción.
Aprovechando de la pausa solitaria, curioseé al interno de la poderosa construcción neogótica, venciendo la fría sensación que me trasmitía. Colocada en alto, bien visible inclusive de lejos, fue construida a mitad del siglo pasado por los seguidores de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei .
Hice notar al arquitecto/guía dos enormes triángulos esculpidos en piedra sobre los portales laterales, se asemejan al clásico triángulo masónico, con el ojo central que resulta del efecto óptico creado del cáliz al cual se encuentra sobrepuesta una ostia. Y, sobre el portal principal se ve un gigantesco retrato estatuario en honor al papa protector de la asociación. Juan Pablo II visitó Quito y celebró las funciones religiosas en el Sagrado Corazón (enero – febrero, 1985), bajo la dirección de Monseñor Antonio Arregui Yarza . Posiblemente al joven arquitecto, feliz de la cruz sobre la frente en el día de las cenizas, no le interesaban mis observaciones. A él el templo le gustaba.
En cambio, se preocuparon – en niveles más o menos marcados – muchos religiosos católicos, entre ellos el superior general de los Jesuitas, padre Wlodzimierz Ledochowski (1866-1942), cuando escribió a la Santa Sede, considerando el Opus Dei <>, en su característica del “secreto” y <>. Crítica rechazada por parte de Escrivá, que la definió <>.
Contrario a asociaciones secretas, comparto la oposición de los Buenos. Especialmente en América Latina. Víctima para siglos de enredos políticos, religiosos y económicos: despojada de sus recursos humanos y materiales y oprimida en sus derechos y en la dignidad de las personas. Con un agravante. Según el periodista italiano Italo Moretti, el Opus Dei en América del Sur se encargó de desmantelar la teología de la liberación, y: <>.
Sobre las relaciones entre la Iglesia romana y los religiosos sudamericanos, recuerdo el desconcierto de muchos, ya que Juan Pablo II, en manera flagrante, remarcó su condena a la teología de la liberación amenazando con el índice dirigido al religioso y poeta Ernesto Cardenal Martínez, arrodillado a sus pies. En el aeropuerto de Managua, en marzo 1983.
Ya entonces la multitud reaccionó, durante la misa papal, cantando en coro: “entre cristianismo y revolución no hay contradicción”, eslogan inventado por Cardenal. Al cual, en sus 88 años, no le faltó la feliz sorpresa – en su exilio voluntario en la comunidad cristiana en la isla de Solentiname en Nicaragua – la elección de un Papa proveniente de su mismo hemisferio. Manifestando: <>. Con Papa Francisco – piensa Cardenal – las cosas cambiarán profundamente. <>.
América del Sur es un continente en transformación: en cuanto a dotación tecnológica y condiciones económico – culturales y civiles de la población. Momento histórico al cual han contribuido tantos factores. (Advierto que estas son consideraciones de un alegre viajero sin intenciones de parecer un analista profesional). Lo que ha llevado a una consecuencia de relievo mundial que ha marcado una época: la elección del Papa Bergoglio.
Cardinal argentino, que tomó como nombre Francisco (recordemos una frase suya: “Cuando fui electo Papa, un cardinal sudamericano me dijo: acuérdate de los pobres”).
La congregación religiosa representada por Bergoglio (jesuita), que tomó el nombre franciscano por excelencia, presente en América del Sur desde las primeras exploraciones post-colombinas, con diferentes estilos y componentes, además de haber contribuido positivamente, fue testigo indolente sino cómplice o inclusive protagonista en historias de explotación indígena. Consintiendo abusos culturales, económicos y físicos indescriptibles.
Actualmente, dicha congregación, obligada a cambiar su enfoque, con el Bergoglio del “¡acuérdate de los pobres!”; ¿podría continuar a contar privilegios acumulados, gracias a la complicidad con el poder político? Considerando que la primacía de la Iglesia Romana, en este continente, está minada y debilitada por la presencia de protestantes, evangelistas e incluso por formas de religiososdad resurgidas del pasado andino y de los esclavos negros.
Las transformaciones históricas no son repentinas. Necesitan tiempo. Pero es concebible algún efecto de desplazamiento del baricentro moral de la Iglesia hacia abajo, en dirección de los humildes y desamparados. La idea no por puro caso, proviene del continente sudamericano. Donde la miseria generalizada contrasta, de frente, a una evidente resistencia a la transformación.
En sintonía con los nobles propósitos de Papa Francisco, me preguntaba: ¿Con qué nuevas acciones tratarán de lograr esa “utopía”? paseando bajo las frías naves del Sagrado Corazón, entre la columnata de piedra en estilo neogótico.
Las capillas laterales son vacías, sin adornos. Sobre la columnata se encuentran las banderas de las provincias ecuatorianas y el espíritu nacionalista se confirma, viendo que en el frente principal, se encuentra una escultura en piedra y bronce del escudo nacional, colocado bajo un sol andino; así como la Virgen colocada en un altar lateral, viste con indumentos típicos (incluso el sombrero) al igual que su cortejo: el Niño Jesús y otra mujer.
Terminé mi visita, observando las representaciones de animales en las marquesinas exteriores, que a diferencia de las clásicas gárgolas (monstruos fantásticos, típicos del estilo neogótico) colocados en Notre Dame de París, aquí vemos flora y fauna típica del país: armadillos, chimpancés, pájaros, peces, etc.

Un mago en el patio

Normalmente, soy madrugador. Otro día de alegre vagabundo, me acomodé en un ángulo del pequeño y frondoso jardín del hotel, en el silencio de las primeras horas del día, intentando poner orden en las ideas de mi estadía. Siguiendo con la vista los saltos y pequeños vuelos de un pajarito multicolor, noté calas, helechos, hortensias y otras variedades de flores y arbustos muy floridos gracias a las abundantes lluvias, en este caso nocturnas.
Sin preocuparse por mi presencia, salió de una habitación un joven, de piel obscura, con lineamentos indoeuropeos, sostenía en la mano bastoncitos perfumados encendidos. Dirigiéndose hacia las flores que abiertas manifestaban todo su color, con las manos juntas trazó repetidas veces enlaces ideales entre las flores y su pecho, concluyendo el rito con una plegaria de frente a un arbusto, clavando en el terreno los bastoncitos aún humeantes.
Ignorando la nacionalidad del joven, atribuí el ritual a antiguas prácticas de los aborígenes americanos: Sugestionado todavía por la visita del día anterior al museo Casa del Alabado. Escrupulosa y preciosa colección privada, de objetos de cerámica, piedra, pedernal, metal,… de un género que no había visto antes, sino en fotografía. (Mi primer contacto con las antiguas creencias indígenas – que resalen a los albores de la civilizaciones sudamericanas – el hombre y la naturaleza, temible pero prodigiosa, vivían en simbiosis).
El joven madrugador, me dijeron, venía del India. Son dos meses más o menos, que está esperando el permiso para entrar en Cuba y en Estados Unidos, para él y para la numerosa compañía de jóvenes, muchachas y muchachos. Quito, por otra parte, es considerada una ciudad de tránsito para muchos inmigrantes clandestinos que se dirigen al Brasil, a través de la Amazonia.
El crisol humano presente en el hotel y aquello encontrado en la ciudad desde mis primeros giros, como testimonio de una fascinante mescla de rostros, costumbres, orígenes e intereses. Encuentros que considero una de las mayores curiosidades del viajar.
El misterioso rito ancestral celebrado de frente a mis ojos; el paseo en el Centro Histórico del día anterior; la visita al museo Casa del Alabado; algunos libros que adquirí sobre los misterios y leyendas quiteñas, produjeron como efecto el combinar mi punto de vista histórico-antropológico con el mundo mágico y fantástico. La realidad objetiva, representada en los edificios, monumentos, vías, plazas y personas, se funde con historias pasadas e imágines acumuladas en la fantasía popular. (Quisiera precisar: todo esto sucedía sin la ayuda de productos químicos o alcohólicos, ni hipnotizado por un chamán).
Era el encanto de Quito: ciudad aparentemente austera, aristocrática y poblana, en su aire están inscritas y se respiran vida presente y pasada, mesclada a sorprendentes sugestiones, peculiares y seductoras.

Las civilizaciones precolombinas en la Casa del Alabado

Forma parte del encanto del viajar el descubrir el resultado de parábolas histórico-humanas, de frente a recuerdos o restos sobrevividos a destrucciones, saqueos en los hallazgos clandestinos y usurpaciones de los conquistadores.
Pensé en la fatiga, en los sacrificios soportados por parte de los primeros habitantes que llegaron en las Américas. Partieron del Asia, superando el estrecho de Bering en ciertas glaciaciones, dieron vida a nuevas civilizaciones, (en este caso, reprimidas, primero bajo el control de los incas, después de los Españoles), atravesando lentamente a etapas: nuevos conocimientos, experimentando nuevos instrumentos, desarrollando técnicas para la caza y la agricultura, elaborando visiones del mundo y de sí mismos, seres así sensibles y pensantes, de vivir en estrecha relación con la naturaleza y sus fenómenos. Solo para recordar algunos pasajes, en las innumerables solicitaciones interiores y exteriores, a las cuales el género humano es sujeto. Por su naturaleza, observador curioso y experimentador incansable.

A poca distancia de la Plaza San Francisco, la Casa del Alabado presenta una colección espectacular de restos arqueológicos del período precolombino que resalen a la cultura Valdiviana (del nombre Valdivia, sitio arqueológico en la costa ecuatoriana donde fueron descubiertos), una de las más antiguas (4500 – 2000 a. C.) y a la cultura Machalilla (1800 – 1500 a. C.) .
Recientes descubiertas han identificado remotos asentamientos humanos en los valles andinos septentrionales, en el área denominada Andinoamérica Ecuatorial (correspondiente al actual Ecuador), fueron localizados artefactos líticos en el sitio de El Inga, zona de Ilaló (cerca de Quito), y otros objetos símiles más al sur del país: en Chobschi y Cubilán.
Los primeros habitantes, cazadores especializados, reunidos en grupos nómadas se dedicaron a la cacería de fauna típica andina. El bosque de los valles inferiores ofrecieron alimentos vegetales. En los páramos cazaban y obtenían plantas medicinales. Las armas confeccionadas en basalto y obsidiana. Los refugios: cuevas o construcciones muy simples hechas con ramas y paja. Los asentamientos temporáneos consentían a los errantes el abastecerse de materias primas; posteriormente, llegaron hasta la costa, donde era posible inclusive la pesca. Con estas características, el sitio mejor estudiado es Las Vegas, en la península de Santa Elena.
El ingreso al Museo consiste en un portal simple enmarcado dentro una umbral de piedra local gris/marrón. Alojado en una típica construcción colonial bien restaurada, con varios patios internos. Las casas más nobles podían contener incluso siete.
Nos dan la bienvenida, figuras masculinas cuadradas esculpidas en piedra; así como se pensó que la Tierra era cuadrada: en la orientación espacial Norte – Sur, Este – Oeste. El hombre, representado con cuatro caras, en semejanza al mundo, al cual pertenecía y del que era parte integrante y especular.
Las inscripciones, en la muestra, facilitan la comprensión del material expuesto. Aunque si, en la frenesía de observar las obras expuestas, descuidé algunas. Temiendo incluso que en aquellas existieran importantes informaciones sobre antiguos usos y costumbres: algunas interpretaciones recuerdan teorías New Age hoy de moda. Hacia las cuales no tengo prejuicios. Con frecuencia pero, prefería arriesgar una reconstrucción mía sobre las narraciones de vida, observando los objetos, que, con características simbólicas, evocan un mundo mágico y alucinante.
Después de los hombres cuadrados, en piedra, recuerdo la teca con la encantadora serie de “venus” en arcilla (mono y polícromas), con cabelleras abundantes, en pie o sentadas; con un niño en brazos o embarazadas. Tributo refinado a la belleza femenina y al origen de la vida.
Apenas más allá, casitas en cerámica de diferentes formas, recuerdan los modelos primitivos de las habitaciones. Otras tecas presentan imágenes de hombres con coquetos collares y aretes, cubiertos con taparrabos, teniendo en brazos un niño o haciendo ofertas a los dioses, con la mirada dirigida al cielo.
Para estos pueblos, la mayor divinidad era el dios Sol, Inti. Siendo así incluso hasta el período Inca. Que mantuvieron invariadas algunas jerarquías, excepto El Sapa (el emperador) o inca hanan que no existía precedentemente; mientras con gran probabilidad existían los nobles Orejones y la figura central en la vida del poblado el Willac Oma, o inca hurin, o sea el gran sacerdote o Chamán. Que en la inscripción viene así descrito: <>.
Chamanes y curanderos continúan a ser seguidos y a actuar dentro numerosos grupos de población y no sólo en las más remotas poblaciones amazónicas.
En los niveles inferiores de la sociedad incaica, se encuentran los gobernadores (Apu-apu y Tuc ricuc), los siervos de los privilegiados (Yanacones), el señor étnico (Curaca), el jefe de la familia (Hutun runa) y finalmente los Huagcha, huérfanos y pobres.
El conocimiento de la estratificación social incaica, en el recorrido museal, ayuda a comprender las funciones y a quien efectivamente pertenecieron los objetos – de refinada elaboración -: a los nobles orejones, a los chamanes, a los jefes de la aldea y difícilmente a las familias pobres.
Como los pequeños o grandes frascos de arcilla, o los vasos ceremoniales con características antropomorfas, las reproducciones de animales, peces, pájaros; estatuillas votivas; figuras con vestidos especiales usadas en los ritos chamánicos; joyas de oro (aretes, collares, …) femeninas o masculinas; dignitarios con tocados reales; sillones o tronos líticos.
Fantaseando (¿mucho?) sobre los orígenes asiáticos de los antiguos pueblos andinos, no pude no notar ciertas semejanzas entre los objetos producidos en las dos áreas geográficas (Asia y América) como en las urnas cinerarias de forma fálica (parecidas al Lingam oriental) o en forma del vientre materno. Pero una de las similitudes más divertidas fue la reproducción, casi en dimensiones reales, de un hombre sentado en posición de loto – en el arqueológico de Phnom Penh está expuesto un gran número -, con una variante de los ascetas orientales: ¡El hombre andino sentado, sin taparrabo, hace alarde de un badajo entre las piernas!

El Cosmos Histórico visto desde la cascada la Chorrera

La colaboración con mi “guía”, José Luis Gallegos Andrade, duró un par de semanas en espléndida armonía. Al completar el “trabajo” me regaló una copia de su tesis de grado (2013): “Observatorio de Quito”. Rica de informaciones, esquemas, fotografías – elementos útiles para profundizar los itinerarios de la ciudad recorridos en su compañía– material de estudio que me había ya descrito verbalmente.
José joven culto, enamorado de su ciudad, en su futuro como arquitecto puede realmente aportar en modo positivo.
En las guías turísticas, se señalan muchos puntos panorámicos, desde el Panecillo al Teleférico, pero ningún otro punto ofrece la extraordinaria vista del Centro Histórico (CH) que se puede disfrutar desde la Chorrera (sugirió José). Mejor aún, recorriendo el trayecto a pie: desde Mama Cuchara; atravesando la Calle Rocafuerte; hasta la antigua cantera de piedra. Donde inicia la ascensión hacia la montaña, que consiente descubrir una parte desconocida de la ciudad, atravesando los barrios El Placer, El Tejar, Toctiuco. Que crean un filtro entre el CH y la montaña, interrumpiendo la conexión física y visiva con la Chorrera.
La Chorrera fue la primera fuente de vida de la ciudad.
La cascada era visible desde el CH y más precisamente de la plazoleta de Mama Cuchara, hasta los años 80 del mil novecientos. Últimamente la cantidad de agua de la cascada ha disminuido considerablemente gracias al incremento del retiro en la cima y en la base, para utilizo potable e irrigación. (E la base de la Chorrera surge un río que atraviesa la ciudad, en el cual el padre de José, recuerda que cuando joven, era posible bañarse; hoy sería inclusive letal debido a la contaminación).
Probemos a imaginar la cascada en pleno fulgor, como se presentó a los primeros habitantes de esta zona. Que buscando agua y comida, encontraron a cuota 2.800 msnm lo mejor que les podía ofrecer la naturaleza: agua en abundancia, un terreno fertilísimo, un clima de eterna primavera, piedras adaptas para la construcción, un sitio estratégicamente seguro y la posibilidad de cazar animales silvestres.
La posición elevada del área, inmersa entre enormes quebradas, lugar protegido de eventuales ataques, circundado de pequeñas elevaciones (La Loma de San Juan, el Panecillo e Itchimbìa) de donde era posible observar cualquier amenaza, convenció a aquellas poblaciones nómadas a transformarse en sedentarias.
Las dimensiones de la cascada permiten subdividirla en cuotas: mirador, comunidad y templo natural.
La “cuota mirador”, sobre 3.000 m.s.n.m., coincide con la boca de la cascada. En aquel punto se podría llegar en vehículo, y se encuentran pequeñas estructuras al servicio de los visitadores. Pero el lugar en sí no es muy seguro, así como desgraciadamente son inseguros otros sectores, especialmente en las zonas altas de la actual ciudad, habitadas en gran parte por personas pobres. Bromeando, José decía: <>. Pero evidenciaba la exasperada expansión de edilicia pobre, cada vez hacia más en alto en las faldas del Pichincha y los montes circundantes, tratándose de construcciones pobres y fortuitas porque hechas con materiales precarios en terrenos que se desmoronan fácilmente a causa de un abundante deslave de origen meteórica.
Desde el “mirador” se goza una vista particularmente privilegiada sobre el CH, que permite descubrir su historia y sus orígenes por lo que es también: Cosmos Histórico.
A la “cuota comunidad” se llega descendiendo por el recorrido que conecta la boca de la cascada al segundo salto de agua. En este punto la mayor atracción es admirar la cascada en su caída, incluso la posibilidad de bañarse en sus aguas. Poniendo atención al hecho que es peligroso acercarse al agua debido a la inestabilidad de las piedras que circundan el precipicio. Cuota directamente conectada con el habitado de Toctiuco. Del cual se accede a la cascada y al altar de la Virgen de la Merced en procesión desde la iglesia del barrio, durante las fiestas religiosas como la Semana Santa y en el día de la Virgen de la Merced.
Hacia abajo, a cuota “templo natural”, se encuentra la imagen de la Virgen de la Merced, escultura hecha en una inmensa roca bañada del agua de la Chorrera. De frente a la cual se extiende una explanada donde se realizan misas campales, procesiones y otras actividades de culto, una parte de la planicie es pantanosa, porque cuando el agua corre en abundancia se forma un estaño actualmente cubierto de vegetación. Los habitantes del barrio El Placer acceden directamente a esta cuota, mientras aquellos de Toctiuco, principales frecuentadores del lugar, llegan bajando por un sendero.
La fuerza de la naturaleza transferida del agua a la imponente roca, dieron sacralidad a este sitio. Se puede bien imaginar, ya desde el período de los Incas . Luego los conquistadores, persiguiendo la política de aproximarse a los cultos paganos y después paulatinamente sustituirlos con aquellos de los invasores.
No obstante las destrucciones ambientales provocadas por parte de los residentes, en la Chorrera (3.100 – 3.300 m.s.n.m.) sobreviven algunas especies de flora original local. En la ciudad, son raros los casos identificados de lugares donde existe flora autóctona de preservar. En los parques y jardines, muchas especies fueron introducidas en momentos diferentes del desarrollo de Quito. Actualmente existen iniciativas públicas y privadas para conservar la flora y fauna nativas en peligro de extinción. Según José, sería oportuno un estudio sobre la flora y fauna de la Chorrera (para él un precioso Patrimonio Natural digno de salvaguardar), como proyecto complementario al estudio y recuperación de la memoria urbana.
Su idea de hacer accesible a los turistas este lugar, fundamental en la historia de Quito, mérita la máxima atención. Sobre todo, de lugar degradado y peligroso de visitare, podría transformarse en una etapa para acercarse a la ascensión al volcán Pichincha. Camino recorrido por personajes históricos que amaron estas tierras y este itinerario, como el naturalista Alexander von Humbolt y el presidente ecuatoriano García Moreno. Aunque si la veta del Pichincha ha cambiado perfil –se asemeja al lomo de toro con las banderillas de un matador -: desgraciadamente maltratada de una selva de torres metálicas.
El objetivo central de la tesis de grado de José sería: “Conectar un ambiente natural muy cercano al Centro Histórico y al mismo tiempo transportarse en otra dimensión, a un universo paralelo, a un cosmos escondido al pie del volcán, el Cosmos Histórico – que se puede admirar en su totalidad desde la cima de la Chorrera – encerrado en el círculo ideal: el Panecillo, Mama Cuchara, Itchimbìa, San Juan y El Placer.
La vista desde otros puntos de observación, como el Teleférico, es sobre gran parte del distrito metropolitano de Quito, pero no se ve el final de la ciudad hacia el sur, mientras la zona del CH pasa en segundo plano, sin poder apreciar el tejido urbano. Este mismo efecto visivo incompleto y deformado del CH se tiene subiendo en otros puntos de observación: San Juan, Itchimbìa, Panecillo y, El Placer. Desde los cuales es posible observar plazas, campanarios, cúpulas, edificios y calles, pero la imagen es siempre aproximativa.
Es sólo desde la Chorrera y del mirador de Toctiuco que se puede apreciar el anillo virtual que conecta la topografía, materializando en la mente la imagen del cosmos, y comprender los motivos de la localización y de los orígenes de Quito. Es como habitar con todo lo necesario sin ser vistos.
Desde allá arriva se comprende cual fue la distribución edilicia inca: templos, jardines, piscinas y negocios. En relación a la cual faltan estudios exaustivos, pero es posible confirmar la teoría relativa a la fundación y al consolidamiento de un Cosmos Histórico: Quito pre-hispánico.

Sobre las alas del viento

La historia de Teresa Caballero me recuerda algunos motivos de la imponente migración ecuatoriana en Italia; una de la mayores colonias extranjeras hasta unos treinta años atrás. (Volé, con ella a la ida y al regreso del Ecuador, con ella que andaba en “luna de miel” con su marido Emilio Rosadoni y junto a Massimo Castellani, estos dos últimos, amigos míos de infancia).
Teresa tenía un buen trabajo y una tranquila situación socio-económica. Pero movida del deseo de cambiar, invitada insistentemente a probar este salto por parte de una connacional, que habiendo atravesado el Atlántico se encontraba bien, decidió emprender su aventura en Italia. Superado el desconcierto por el idioma y otros contratiempos iniciales, encontró trabajo como baby sister en casa de una de las más ricas familias marchigianas (le Marche, una región italiana). Muy bien gratificada en estima y en remuneración, que se formó además, un nuevo grupo de amistades italianas y ecuatorianas.
También en esta parte de la Toscana (otra región italiana), llegaron numerosos emigrantes en los años del boom, con motivaciones semejantes a las suyas, pero era más fuerte la invitante idea que en un año de trabajo en Italia se ganaba como en dos o tres en Ecuador. Gran parte sucesivamente decidieron establecerse definitivamente en el Viejo Mundo. Como le sucedió a ella, construyéndose una familia, sin necesariamente disminuir su relación con la familia materna.
Mientras tanto, tenía lugar un flujo migratorio más modesto pero desde Italia hacia el Nuovo Mundo. Con el cual tube contacto a través del amigo florentino Alessio Mazzocchi, trasplantado a Quito una decena de años atrás. De administrador de condominios, en su ciudad natal, se transformó en brillante profesor de italiano en el Centro Cultural Italiano, administrado por una pareja italo-ecuatoriana.
Generoso y simpático, muy disponible conmigo durante toda mi permanencia. Me acogió con una “reunión de compatriotas” durante un almuerzo en su casa. Presentes el assisiate Alessio (que cocinó una óptima sopa de pescado, aún maestro en el arte culinario y de la restauración, arte arrinconado temporáneamente para lograr graduarse en antropología) y el veronese Gabriele, otro profesor de italiano. A quien pregunté: “Gabriele, ¿por qué de Verona te transferiste aquí?”.
Él, sin dudar, como si se esperase la pregunta, respondió: “¡Vine sobre las alas del viento!”.
En verdad; el viento es uno de los mayores vectores de la vida: transportando semillas y aves, ha favorecido una evolución de la vida terrestre de extraordinaria belleza y hospitalidad para insectos y animales, incluso el género humano. Existe también el viento de la adversidad (dificultades de todo tipo: amorosas, judiciarias y económicas) en las cuales todos podríamos en un modo u otro encontrarse; y no por último, el viento interior que empuja los seres vivos a aventurarse en el mundo. Viento que a veces se puede confundir con el destino, pero es aquel de Ulises: la curiosidad y el deseo de cambiar. Alessio, el florentino y Gabriele, también se llevaron consigo un común sentido político de “izquierda”. Aunque si a la mesa, el contraste por consideraciones contradictorias en relación a lo realizado por el actual presidente ecuatoriano Correa. Juzgado positivamente por parte de Gabriele: durante los siete años de presidencia habría mejorado el país en cuanto a infrastructuras (efectivamente viajar en las carreteras ecuatorianas fue una placentera sorpresa, por el asfalto en óptimas condiciones, en relación a muchas situaciones urbanas y suburbanas, soy tentado a decir que ¡Italia es el tercer mundo!), además de haber invertido mucho en la sanidad y en la instrucción pública. Alessio, sin sentirse traidor de la isquierda, sostiene tesis contrarias. Confirmadas del reciente voto administrativo que ha portado como alcalde de Quito un representante de la derecha, suplantando un discípulo de Correa.
Noté que la atención y participación a la vida política es mayor que en Italia, incluso fuera del círculo de estos nuevos amigos italianos transportados por el viento. Tal vez, el motivo lo encontró mi guía, José: <<¡Aquí, las posiciones políticas son muy radicales, se trate de simpatizantes de la isquierda o de aquellos de la derecha!>>. En contraste con la situación italiana: inmersa en una melaza politíca, donde los horizontes de las diferentes fuerzas políticas se confunden uno con otro, ofreciendo al ciudadano soluciones unívocas o, peor aún, confusas.
Entre amigos – especialmente después de haber cernido cervezas, vino blanco y ron de calidad, así como muy costosos, debido a una tasación exorbitante – nos dejamos andar en bromas y chistes sin fin. Como aquella sobre los dos Alessios de vacaciones en Galápagos, cuando fueron identificados como Alessio Primero, el florentino y Alessio Segundo, el assisiate. Con este último insatisfecho de ser colocado en segundo puesto. Se repitió la misma alegre cortesía en tema de fútbol, entre el fanático de la Fiorentina (Alessio Primero) y el Juventino (Alessio Segundo). Con la simpática participación parental en línea directa internacional, a través de internet, del hermano del assisiate mientras trabajaba preparando la cena en su restorante. También él blanco-negro. Listo a contrastar y responder provocaciones florentinas.
Momentos de vida de bar de pueblo, en la micro colonia italiana reunida para darme la bienvenida.
Alessio Primero vive solo, arrendando. Hasta poco tiempo atrás estaba con él su padre. Del cual conserva las cenizas en un cofre en la habitación dedicada a gimnacio doméstico. El anciano no en buenas condiciones de salud, aceptada la invidación del hijo de dejar Florencia por Quito, se encontró bien en la nueva ciudad; pero pudo disfrutarla por poco tiempo.
Al atardecer, la alegre compañía, se reconstruyó e incrementó, en el famoso barrio para gringos, Mariscal Sucre. Para la ocación, se unieron: la enamorada del assisiate y un fotógrafo freelance amigo suyo, con quien estaba preparando una muestra fotográfica con tema antropológico. Pasaje rápido, a la Mariscal. No tanto por la fama de barrio placentero, sino por el temor de ser asaltados. En verdad, me sentía protegido en medio al grupo de amigos, bien puestos físicamente.
Voluntariamente complacido, acepté la propuesta de un paseo veloz. Para nada me seducía la confusión a la hora de punta, delante a bares, restorantes, discotecas y salas de juego. Donde algunos jóvenes hombres y mujeres se muestran en estado confusional: bajo el impulso del deseo de diversión o posiblemente por uso de alcohol o droga. La zona es típicamente famosa por – día y noche continuamente – ofrecer música, alimentos, bebidas y varias distracciones a los clientes, y como lugar inseguro para carteras y billeteras.
A pocas calles de allí, fuimos a concluir la noche, presentándonos en un “acolitamiento”: a la presentación de un libro de poesías eróticas, obra de la esposa de un profesor universitario. Alessio antropólogo nos había pedido la cortesía: de unirnos a los espectadores para hacer bella figura con el Prof., esposo de la poetisa.
Superé la simple participación al “acolitamiento” comprando dos volúmenes de poesías y haciendo la fila para obtener la dedicatoria personalizada de la poetisa, complacida de la presencia del gringo.
Un sacrificio, habiendo asistido a una coreografía inquietante; realizada mientras la señora leía las poesías, por dos señores a su lado encapuchados y vestidos con lycras y másqueras de combatientes de lucha libre. Uno de ellos era el marido: el docente de antropología.
Acercándonos para darle la mano, con Gabriele, simultáneamente, comentamos: ¡tiene un halo frío! Parecía estrechar la mano a un fantasma. Aún mascarado, hablaba complacido de su exhibición y del éxito de la manisfestación. Es difícil decir que nosotros sentimos el contacto caluroso con un amigo o con un ser humano.
Y sin embargo, me encanta la poesía erótica. En América del Sur fueron tantos artistas excelentes, como Pablo Neruda o el brasileño Drummond De Andrade (recuerdo como en una poesía bellísima ennobleció “El culo”).
En el Centro Cultural Francés, aquella noche, aquel género literario me pareció traicionado. ¿Qué sentido tenían las máscaras? si de vergüenza, entonces se pensaba con morbosidad, sin la libertad de seguir el placer de los sentidos con la persona amada y de disfrutar los momentos estáticos que el sexo puede dar. Vergüenza, culpa y pecado, atribuidos al sexo, son residuos medievales.
¿Fue un espectáculo de voluntaria ironía? ¿O una payasada? Mi escaso conocimiento del castellano hizo el resto, incapaz de comprender el sentido completo de muchas palabras.
Me quedó, pero, el recuerdo de una jornada particular, trascurrida con simpáticos amigos, italianos exiliados voluntarios.

El Norte y el Sur vistos desde El Panecillo

José demostró que el mejor punto panorámico sobre Quito histórico es la cascada Chorrera. Pero le soy muy agradecido a Rosy, al marido Patricio y al hijo Mauricio, por haberme presentado el Quito actual desde la altura del Panecillo.
Junto a ellos trascurrí un día festivo, visitando una particular área de la ciudad: el Panecillo, el convento de San Diego, con el anexo Museo de Padre Almeida y el Cementerio monumental de la ciudad.
Subiendo al Panecillo (una colina, al centro del Quito actual, que la divide en dos partes: norte y sur), la vista es atraída de una imponente estatua, alta 45 metros: la Virgen alada. única en el mundo, dicen. El monumento, de cerca, no es lo que se puede decir bello, lo mismo que sucede con tantos otros monumentos de dimensiones gigantescas, dispersos en el mundo. En definitiva, no despierta la sensibilidad mística que la figura que representa podría invocar. Distraídos inclusive de los rumorosos llamados de los vendedores ambulantes de objetos y alimentos, alineados en la plaza posterior al monumento.
Pero girando a pie en torno al famoso Panecillo, a espaldas de la estatua se observa la expansión de la ciudad hacia el sur: la parte más “pobre”; o donde reside la gente menos rica; y con construcciones más bajas. El río de construcciones llena una gran garganta entre las montañas hasta perderse en el horizonte sin fin. Por otra parte, se dice que la ciudad es larga 45 kilómetros. En esta área se encuentra inclusive el estadio, donde juega el equipo de fútbol local más seguido, que participa en el máximo campeonato nacional. Los pobres, en todo el mundo, encuentran en el balón de fútbol los momentos de distracción de las miserias cuotidianas. Al menos, esto es en teoría.
Hacia el norte del Panecillo, la ciudad igualmente densa y crecida, constelada de rascacielos, exhibe opulencia: centros comerciales, financieros, profesionales y residenciales. Es considerada la parte más rica.
Esta visión ciudadana, es la metáfora del Ecuador: dividido entre pobreza y riqueza, frecuentemente en exagerado contraste, con la expectativa, entre los menos afortunados, de dar el salto de la peor condición hacia aquella mejor.
En aquel plazal, Mauricio me contó una película girada en Ecuador, algunos años atrás: “A tus espaldas”.
Es una historia emblemática: un muchacho que dirige la mirada hacia el Norte, donde está el bienestar; mientras la mochila sobre su espalda se encuentra hacia el Sur de la miseria de la cual desea escapar.
En el drama, el protagonista es un ingenuo joven que vive con el dinero enviado de la madre emigrada definitivamente a Madrid. Aprovechando del dinero materno, mochila sobre la espalda, se transfiere a Quito en busca de fortuna; cambia nombre y entra a trabajar en una fábrica.
El propietario de la empresa organiza una lujosa fiesta en un hotel de la ciudad, donde, invitado, el muchacho conoce una bellísima joven colombiana, prostituta de alto nivel. Él ingenuo; ella calculadora, amante del propietario de la fábrica, escapa enfuriada del hotel porque el amante no le da el dinero deseado. El chico la sigue y la lleva a su casa. Los dos jóvenes conviven por un tiempo. Ella habituada a gastar mucho dinero, encuentra un amigo traficante que le entrega un paquete de droga para venderla. La muchacha es controlada por la policía, todo esto mientras descuida el joven enamorado. A quien le viene entregado el paquete, porque decidido a prestarse a aquel comercio ilegal. Los dos jóvenes deciden destinar la mitad de los ingresos del despacho para escapar en los Estados Unidos. Pero el muchacho despertándose a la realidad, abandona la ingenuidad, cuando descubre la muchacha que se prostituiba con el despachador, decide entonces, tenerse todo el dinero y huye solo en los Estados Unidos. Mientras la chica fue arrestada.
Este film dramático gustó mucho. No sólo por la historia en sí, cuanto por el significado: el deseo de dejar atrás el Sur, la miseria y obtener un nuevo status de bienestar, el Norte. Alcanzado, en la película, con un engaño delincuencial.
En el pasado reciente, muchas generaciones ecuatorianas emigraron. En las actuales condiciones económicas, en cambio el Ecuador ofrece mayores oportunidades: en la formación universitaira y oportunidades de trabajo. He notado inclusive una mentalidad abierta que, a la ambición de mejorar la propia situación social, se suman nuevos objetivos de vida: como ocuparse de la tutela ambiental o dedicarse a la cooperación internacional.

En la Constitución “el buen vivir, el sumak kawsay”

A los más jóvenes – que sean esquemáticos políticamente y sectarios – pero no escapan a los nudos vitales de una convivencia civil, que deben deshacer conquistando un futuro antropológicamente humanista. O sea: en el respeto de la libertad y de la dignidad humana. Mauricio, al narrar la película “A tus espaldas”; y José, con su pasión política “radical”, en el subrayar algunos pasajes contenidos en la nueva Constitución, confirman – en el caso hubiera sido necesario – la vista atenta de las nuevas generaciones a lo que sucede en el proprio País en relación a importantes temas de actualidad.
Las “turbolencias” políticas, que a través los medios de comunicación llegan en Italia, con frecuencia, se refieren a naciones sudamericanas más grandes. El Venezuela de Chávez bolivarista, antiamericano y amigo de los castristas cubanos, que ha iniciado un controvertido camino “socialista”; el Brasil que eligió consecutivamente dos presidentes expresión de un desacuerdo durado muchos años, en los lugares de trabajo y en la lucha clandestina contra regímenes considerados autoritarios o de tendencia imperialista; la elección del indio Evo Morales como presidente de la Bolivia con un programa de rescate de su pueblo; Argentina, sacudida por dolorosas crisis financieras (involucrando incluso ahorristas e inversores italianos desprevenidos), ha tentado propias vías para superar las dificultades todavía en curso; el Chile que eligió repetidamente a la Presidencia la discontinuidad con el régimen militar que dividió dramáticamente aquel país en los años sesenta… poco o nada sabía sobre Ecuador.
José – en fragmentos de discursos en nuestras conversaciones sobre la arquitectura, el paisaje y la historia – me intrigó citando algunos pasajes de la nueva Constitución Ecuatoriana (2008); hablando por ejemplo de su preámbulo, que prevé el respeto de la naturaleza: “la Pachamama, de la cual somos parte y que es vital para nuestra existencia”, “como herederos de las luchas sociales de liberación contra todo tipo de dominación y colonialismo”, decididos a construir “una nueva forma de convivencia civil, en la diversidad y en armonía con la naturaleza, para alcanzar la felicidad (el buen vivir, el sumak kawsay)”.
Sumak kawsay, expresión quechua, que encierra en sumak la realización de un planeta ideal y bello; y kawsay significa una “vida” decente al máximo. Es decir, un buen vivir en equilibrio entre naturaleza y satisfacción de las necesidades. Concepto parcialmente presente también en la cultura europea: “tome cada uno lo que le es necesario”, que, junto a tantas expectativas, ha generado conflictos de larga duración.
Con el propósito de alcanzar este objetivo, el Estado se ha equipado de un Plan Nacional para el Buen Vivir (2009-2013), desarrollado en ocho puntos: satisfacción de las necesidades; calidad de la vida; muerte digna; amar y ser amados; sano florecer de todos en armonía con la naturaleza; extensión infinita de culturas; el tiempo para la contemplación; emancipación y expansión de la libertad, capacidad y potencialidad.
Entonces, el Ecuador también, es como la obra abierta de una construcción, gracias incluso a la nueva Constitución, aprobada con gran mayoría en un referéndum, sobre la base de la cual los opositores, declarándose representantes de una fuerte minoría, han aceptado el diálogo en relación a la aplicación efectiva. Por otra parte la iglesia católica se opone con gran fuerza en las materias: de la anticoncepción, de los derechos para las parejas homosexuales y sobre la financiación a las escuelas privadas.
Determinante, en el escenario político del último decenio, ha sido el presidente ecuatoriano Rafael Correa. Católico observante, exmisionero seminarista salesiano, “humanista y cristiano de izquierda”, partidario del “socialismo del XXI siglo”. Que, habiendo decidido equiparar a los empleados civiles del estado los miembros de la policía, obtuvo como repuesta un golpe armado, blocado por parte del ejército de su parte, en septiembre del 2010. Tanto para relatar la dura vida de un Presidente sudamericano. El cual con sus objetivos políticos se ha visto involucrado en duros contrastes, como aquello con el mundo de las finanzas, ya que declaró que la deuda internacional contraída “a causa de la corrupción” andaba restituida sólo en parte a los bancos a un precio comprendido entre el 30 y el 35% del valor absoluto de cerca 10 billones de dólares. Acusado de sostener la guerrilla de la FARC, el Ecuador fue inclusive bombardeado por la Colombia (2008). La crisis con la acusa colombiana se resolvió en pocos días. Otro vecino suyo, el Perù, en la segunda mitad del siglo pasado atacó militarmente el Ecuador en la selva Amazónica. Los ecuatorianos – según los anales – enfrentaron admirablemente la agresión, pero el éxito final del conflicto fue que las fronteras ecuatorianas debieron retroceder en un área rica de petróleo.
Riendo amargamente quien me contaba aquella historia comentó: <<¡La batalla la ganaron los soldados ecuatorianos, pero en la mesa de negociaciones los políticos no hicieron las cosas en bien del proprio país!>> El episodio me recordó, en pequeño claramente, una cosa que me sucedió. Durante mi mandado como Alcalde de Cortona (ciudad de la Toscana), contando con pocos recursos financieros, debiendo enfrentar problemas en pueblos lejanos, distantes de la ciudad unos quince kilómetros, el muy simpático arquitecto municipal Mario Mariotti a menudo me sugería obviamente bromeando: <<¡Alcalde!, ¡porqué no promovemos, una guerra con el Municipio más cercano, la perdemos y así podemos cederles el pueblo!>>. Pero surge el sospecho que en cambio, entre Ecuador y Perù sucedió algo parecido, en lo que se refiere al litigio por dicha área en la selva amazónica.
Correa es aquel “radical” que gusta a José: en el campo económico ha criticado el acuerdo de libre_cambio con los Estados Unidos, mientras sostiene la necesidad de una integración de las economías sudamericanas; ha solicitado un mayor porcentaje: el 80% del facturado a las compañías petrolíferas para destinar a las políticas sociales; ha hecho que el Ecuador adhiera al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) a la cual pertenecen también Venezuela y Cuba; ha manisfestado la intención de no renovar a los Estados Unidos la concesión de la base aérea “Eloy Alfaro” en Manta… la lista podría continuar, pero creo sea suficiente para encuadrar el personaje Correa y su orientación política, en una América del Sur en pleno fermento.
He intentado capturar ideas esenciales, incluso sobre aspectos controvertidos o en vía de definición, sobre los cuales, más que en otros, vale la reflexión de Claudio Magris, mi ideal mentor: “Las páginas de viaje, son, ya por si, particularmente empapadas de esta temporalidad; se tejen de caducidad, porque son la narración y el retrato de un momento particular, de una realidad que se disuelve y escapa inmediatamente ”.

La leyenda de Padre Almeida

Francisco, el santo de Asís, está naturalmente simpático a quien como yo ha vivido entre Umbria (región a la que pertenece dicha ciudad) y Toscana. Creyente o no, visitar los conventos franciscanos es un restauro al alma: traducción concreta de una visión poética de la vida y del mundo, empresa del fundador. Si es lícito exprimir una preferencia, entre los numerosos templos y conventos visitados en Quito, sin duda, escojo el de San Diego.
El patio empedrado con una ligera pendiente, tiene en el centro una gran cruz de piedra, en la fachada de la iglesia y en las construcciones adyacentes se reconocen estructuras arquitectónicas típicas de este orden monástico. Como en: la Verna, le Celle di Cortona (las Celdas de Cortona), la capilla de la Porziuncola d’Assisi (pedacito de Asís); lugares donde vivió san Francisco: realizaciones concretas del mundo simple, austero, acogedor, fraterno y vecino a la vida de Cristo descrita en los Evangelios.

Quito es conocida también con “la ciudad de las leyendas”.
Y bien, los franciscanos de san Diego han dedicado su museo (colocado en la porción más antigua del convento) a Padre Almeida. Fraile legendario, pero realmente existido: nacido Manuel de Almeida Capilla, hijo de don Tomás y doña Sebastiana. Famoso por las correrías nocturnas y escapatelas del convento junto a otros hermanos de la congregación – ejemplos de chullas quiteños – para sonar serenatas con la guitarra bajo los balcones de las más bellas muchachas de la ciudad.
Al puesto de obscurar la historia de Padre Almeida, los frailes han contribuido a crear un personaje simbólico. Apreciado inclusive por el gran Crucifijo de leño, utilizado para las fugas nocturnas del pícaro monje para saltar una ventana sin enrejado del convento. El Crucifijo que tantas veces lo amonestó: “Hasta cuándo Padre Almeida!” y escuchando responder: “Hasta la vuelta Señor…!”, el Cristo no se resignó a ser utilizado como escalera de aquel pícaro monje.
El fraile libertino no representó una excepción entre los religiosos. Se dice que el convento de San Diego fue fundado para dar asilo a religiosos más respetuosos de los votos de pobreza, obedienza y castidad, relegándolos en un convento ubicado fuera de la ciudad, en una comunidad con reglas muy rígidas. Los mismos religiosos pertenecientes a diversas congregaciones (sean franciscanos, dominicanos, agostinianos, jesuitas o mercedarios) eran al corriente del difuso libertinaje e inmoralidad, sugiriendo la creación de una especie de reclusorio religioso.
Con el tiempo vinieron a la luz elementos que daban a conocer lo que subterráneamente sucedía en la ciudad entre los frailes conventuales y las monjas: ¡En los cunículos y túneles de conexión entre los diferentes monasterios, fueron encontrados incluso fetos muertos! Esto, narró José.
Incuriosido de la historia de Padre Almeida, elemento central en la “ciudad de las leyendas”, he extraído directamente del individual que encontré bajo los cubiertos en el restaurante del obispado; el Mea Culpa. (Donde se come bien), la historia narrada en la Fonda Quiteña, que cuenta incluso con una página internet: www.hastalavuelta.com.

El joven Almeida entró en convento no por verdadera vocación sino por desilusión amorosa. Tan grande de abandonar una vida licenciosa, dejando sus bienes a las hermanas y a la madre. Pero la reclusión y las plegarias lograron poco contra los ardores juveniles. La tentación llegó con un monje de la comunidad, que le habló de fugas nocturnas para encontrar jóvenes de la vida alegre que se prestaban a condividir las propias gracias con los compañeros de aventura.
Así una noche, junto a un grupo de frailes – chullas quiteños – vestidos con sotana, saltaron el muro de san Diego, se unieron a la fiesta concertada con una de las damiselas, que pretextando llegar a misa, acordaba las citas con los frailes en la iglesia, cuando recogían las lismosnas.
Tomaron una calle poco iluminada, cerca del convento de Santa Clara, en dirección del barrio Auquy, hasta la esquina del “sapo de agua” donde les esperaba una noche de música, baile, juerga y algunos pecadillos que no se pueden nombrar, con divertidas jóvenes disponibles.
Al empujar la puerta, se abrió con facilidad. La segnal esperada. Y con la familiaridad de encontrarse en la propia casa, los cuatro cómplices entraron en el gran salón dirigiéndose al fondo, donde brillaban las velas con las cuales se iluminaban las casas. Cuando llegaron al punto, se sorprendieron del hecho que la habitación estaba vacía, a pesar que cuando llegaron se escuchaban voces y sonidos de un arpa criolla que indicaba que efectivamente ahí había una fiesta.
Sorprendidos, los novicios franciscanos se miraron uno al otro. De repente, desde atrás de un bastidor que dividía la sala, saltaron un grupo de frailes dominicanos tomados de la mano con las jóvenes de la casa vestidas de gala, burlándose de ellos por los rostros sorprendidos por la inesperada bienvenida. Un dominicano retomó el arpa, reinició la fiesta, entre risas, besos y ocasionales alejamientos de una u otra señorita en compañía de los frailes, hacia un misterioso alojo escondido del bastidor.
Manuel Almeida quedó fascinado de la aventura. Sumando el hecho que sabía tocar la guitarra y tenía una bella voz de tenor, logró conquistar la simpatía de las anfitrionas, que se lo disputaban para satisfacerlo. Fue así que inició un subseguirse de noches que despertaron la líbido del joven aspirante a fraile. Hasta transformarse en fuerza incontenible que lo empujaba a escapar del convento todas las veces que podía, con o sin compañeros de fuga.
De invitado, Manuel Almeida pasó a promotor de las correrías. Y era así exigente, que los compañeros que lo iniciaron, rompieron la amistad con él, temiendo ser descubiertos. Una cosa es pecar de vez en cuando y otra hacerlo todas las noches.
Un día, el padre coadjuntor, sospechando los excesos de algunos miembros de la congregación, ordenó alzar el muro del convento en modo de dificultar o más aún impedir que sea sobrepasado.
El novicio Manuel Almeida, obsesionado, estudió el sistema para superar el obstáculo, subiendo a una ventana de la capilla. Pero, para alcanzarla, era necesario utilizar la escultura de Cristo Crucificado como escalera para saltar en la plaza fuera del convento. Logrando su propósito de la libertad, salió y entró en muchas ocasiones. Hasta que el Cristo cansado de servir como vía de fuga al pecador, uno noche sintiendo el novicio que lo escalaba, abrió los labios y protestó: “¡Hasta cuándo Padre Almeida!” Sorprendido de escuchar hablar el Cristo de madera, con velocidad y astuzia juvenil, respondió: “¡¡Hasta la vuelta Señor…!!” y continuó su camino hacia el festín, regresando a la hora del canto de los gallos en el patio del convento. En las noches siguientes se repitió la escena, con el Cristo a recriminar Almeida, recibiendo la misma respuesta.
Cuenta la leyenda, que tras un festín donde se abusó de tragos, Almeida regresando al convento, en el trayecto encontró un funeral que se dirigía al cementerio. Curioso, preguntó a uno de los acompañantes quién era el muerto. La respuesta fue: “Es padre Almeida, quien vamos a enterrar”.
Para comprobar la identidad del difunto, levantó la cubierta y se vió a sí mismo muerto; la impresión fue terrible. Continuó su camino, saltó el muro del convento con la agilidad adquirida en la práctica. Cuando se encontró abrazado al Cristo, que le repetía la frase “¡Hasta cuándo Padre Almeida!”, no tuvo el coraje de replicar.
Se narra que esa fue la última vez de Almeida en fuga del convento. Desde aquel día, se transformó en el más devoto de los novicios e inició una carrera que lo condujo a una vida di santidad.
Sin embargo, en el monasterio de san Diego desapareció el “Diario” en el cual se dice que Padre Almeida escribió sus memorias.

La santidad en Quito es cuestión femenina

En cualquier parte del mundo, cuando surge una emergencia familiar o en la ciudad, las mujeres se distinguen por el empeño, espíritu de sacrificio y dedicación. En otras palabras: las mujeres son más generosas que los hombres. Y en ámbito religioso, la virtud femenina tuvo en Quito su heroína.
Cuando en 1645 – año horrible para la ciudad devastada por un terremoto en el cual murieron casi dos mil personas, a lo que siguió una terrible epidemia – una joven religiosa Mariana de Jesús del Tercer Orden Franciscano ofreció la propia vida en cambio de la salvación de la ciudad. Durante la omilía, su confesor padre Alfonso de Rojas, en la iglesia de la Compañía, ofreció públicamente su vida por la salvación del país. Mariana, alzandose declaró que prendía ella su puesto, considerando el ministerio del sacerdote más importante.
De allí a poco la joven se enfermó, mientras las desgracias se placaron. A sólo veintiséis años, donó la vida por su amada ciudad; su holocausto de caridad fue ejemplo para toda la nación.
Esto narró la guía, durante la visita al Museo de Padre Almeida, delante a los instrumentos de suplicio corporal (cilicios, corpiños con clavos, látigos, etc.) y al retrato de santa Mariana, con una azucena en la mano.

Durante la jornada, medité sobre los objetos “penitenciales” y sobre lo que significaba la base de aquella historia “heroica”.
La “moda” de las torturas corporales, las largas abstinencias alimentarias, los sufrimientos físicos auto infligidos para la propia salvación y del género humano pecador, son inútiles barbaridades. O, peor aún, crueldad. (Además del dolor, las heridas dejadas de los instrumentos de tortura podían causar infecciones mortales). Asociada, en el caso de las mujeres, a la virginidad ostentada como excelsa virtud femenil. El extremismo de la fobía sexual ennoblecido en la práctica religiosa. (¿Una perversión sado-masoquista?).
Aflicciones, en pasado, frecuentes particularmente entre religiosos y laicos, incitados por confesores poco misericordiosos hacia las “debilidades” humanas. (Un sociólogo habló de la existencia de un “Manual del confesor” en la biblioteca ambrosiana de Milán. Ochocientas paginas de minuciosas descripciones de “pecados” – la mayor parte relacionados con prácticas sexuales –, para cada uno de los cuales son sugeridas las penitencias: un mixto de plegarias y severas privaciones sexuales y alimentarias, ¡dirigidas en gran parte a las mujeres!).

En la noche, me dediqué a espulgar informaciones sobre la virtuosa Mariana Paredes y Flores, en religión Mariana de Jesús.
De noble familia quiteña, huérfana muy pequeña, se dedicó desde la infancia, en casa de una tía, al ejercicio de la piedad y a la mortificación del proprio cuerpo. Demasiado pequeña para ser aceptada en un convento, hizo privadamente la profesión de votos de pobreza, obediencia y castidad; bajo la dirección espiritual de los padres de la Compañía de Jesús, adoptando el nombre de Mariana de Jesús. Fue aceptada en el Tercer Orden Franciscano, a veintiún años (1639). Poco después morirá (1645), en las circunstancias ya indicadas. Única santa quiteña que subió al honor de los altares. Tomada como modelo por otra santa ecuatoriana, Narcisa de Jesús Mirtillo y Morán, que nace y crece en Guayaquil y muere en Lima (Perù) en 1869.
En definitiva, en Ecuador, existen sólo dos santas mujeres, vírgenes. Ni siquiera un hombre. El mismo Padre Almeida, no obstante haber vivido los últimos años en olor de santidad, la iglesia no lo elevó al honor de los altares.

El chulla quitegno

El raro (?) modelo femenino encarnado de la joven Mariana de Jesús, fue contemporáneo al ejemplar masculino opuesto: el chulla. (Término usado inclusive en Italia, recientemente, en una publicidad televisiva). El femenino del término no existe, se no como ofensa: prostituta. Mientras, como demuestra la leyenda del Padre Almeida, parece que entre los jóvenes quiteños los chullas eran muy difusos, sobreviviendo hasta hoy: juventud destartalada, frailes bribones incluyendo, quien tuvo el honor de aquel epíteto.
Carlos Andrade (dicho Kanela), en “Los inolvidables” , hace una analítica descripción, de la cual tomo un amplia muestra, sin ninguna intención de denigrar los simpáticos quiteños. Considerando que de chullas existen tantos y en todo el mundo y espero, serán los últimos seres humanos en extinguirse.
Andrade comienza en sagaz polémica con el amigo Mentor Mera, que se permitió considerar el chulla como un discípulo de Marx. (Mentor, un izquierdista que describía con amargo humorismo personajes solitarios, nostálgicos y fallidos).
Si, ¡cuál discípulo de Marx! El auténtico chulla quiteño ignora Marx y todos los teóricos y doctrinarios del mundo. Él tiene una filosofía propia, aprendida sin imposición ni disciplina en las clases de la calle, del barrio y el arrabal, eminentemente práticas, con la elocuencia convincente de lo aplicado; y en las lecciones de cada día y en la Universidad Central de la pobreza y la adversidad, en la cual el rector honorario es un soñador al estilo viejo Unamuno. ¿Para que le sirve al chulla conocer Marx o Engels? Es más ácrata que cualquier anarquista cuando llega la ocasión, destruye lo caduco y formalista, pero sin pistola, ametralladora o nitroglicerina, sino con el instrumento más sutil y eficaz de sarcasmo y la ironía.
El chulla quiteño lleva la didáctica en la sangre, es un maestro nato; pero no se ha dedicado a la enseñanza porque sabe que en el país enseñan cabalmente los que nada han aprendido. El chulla es tan decorativo como necesario en las esquinas del suburbio, como lo son el chapa, el poste del alumbrado eléctrico y el granuja del barrio. El perro vagabundo alza la pata ante el chapa o ante el poste o ante el chulla, que son casi hieráticos en el paisaje urbano.
El auténtico chulla trabaja en todo y en nada; sabe de electricidad, de mecánica, de carpintería, sastrería, televisión, y es un experto peluquero…
Sus exigencias nutritivas son mínimas, le basta una jarra de caldo de patas, un aguacate con ají y un puñado de cosas finas el lunes. Empeña su abrigo no para comer sino para enviar un ramo de flores a la amada, acompañádolo de un pésimo soneto. Los únicos enemigos naturales son el chapa, el chulquero, el dueño de casa y las mamás de todas las chicas guapas del barrio y sus contornos.
El chulla prefiere tener mala fama por listo y franco a tener buena fama por tonto y por hipócrita y, a fuerza de hombre sincero y leal, siempre procede en consecuencia.
Para el chulla quiteño la serenata es una religión que practica con todos los ritos tradicionales; lleva cuenta y razón prolija del calendario y sabe cuando debe dar serenos a las Marías, a las Rosas, a las Pepas, a las Carmelas, a las Lolas y a las Miches del barrio y de sus alrededores, y no sería un quiteño que se respete, si después de cada serenata no terminaría en prisión, a tirar piedras, esperando las siete y treinta de la mañana, por algazara, faltamiento a la autoridad, o por haber cubierto de insultos a los futuros suegros o por haber hecho poncho la guitarra en la cabeza del futuro cuñado. Este pintoresco ejemplar del folklor quiteño, cuando debe cambiar domicilio porque le pusieron candado, nunca se aleja del barrio: si es de San Roque, se queda en San Roque, si de La Loma, en La Loma, si de La Chilena, allí se queda, como si es de Chimbacalle en Chimbacalle. Y para el traslado de su mobiliario y pertenencias, le basta una servilleta y una hoja de Últimas Noticias para envolver sus efectos personales; pone el envoltorio bajo el brazo y en el otro mete su biblioteca, compuesta de tres tomos encuadernados de facturas remandadas.

Las cosas eran así hasta unos veinte años atrás, actualmente las cosas son diferentes también en el caso del chulla, que como tal queda solo como una figura de la tradición quiteña.

¿Cuánto costó la beatificación de la Azucena de Quito?

Para santificar Mariana (el modelo) la Iglesia empleó tres siglos desde su muerte, mientras para el mismo proceso con Narcisa (émula) bastó algo más de un siglo. ¿Porqué tanta diferencia?
Una cuestión que no me había puesto nunca antes. Pero como en el caso de Mariana, encontré la respuesta y la voy a contar.
Está en el libro de Jorge Núñez, Historias del País de Quito, en el capítulo: El costo de llegar a los altares.
Ya en el título está la respuesta: convertir en santos tiene un costo. Y Núñez lo ha descubierto con un golpe de fortuna mientras investigaba en el Archivo General de Indias en Sevilla .
El procedimiento, se sabe, procede por etapas: Venerable; Beado y Santo. Y, para Mariana, los influentes jesuitas se movieron con prontitud para iniciar dicho proceso. Un colega de su confesor, el jesuita padre Jacinto Morán de Butrón estampó en Lima, en 1702, la vida de Mariana, llamada también Azucena de Quito. Siendo el editor un sobrino de Mariana, el capitán José Guerrero de Salazar. Contemporáneamente los jesuitas en 1694, solicitaron al rey Carlos II, la autorización para que en todas las colonias fuera consentido recoger fondos para promover la beatificación de dos quiteñas: Mariana y su sobrina Sebastiana Caso.
A la Corona la cuestión le era grata: la beatificación de dos vírgenes americanas, descendientes de una noble familia de encomenderos españoles, lo que reforzaba los vínculos de identidad de la aristocracia criolla con la madre patria; proponiendo a los pueblos latinoamericanos una “heroína de la fe”, que sirviera de ejemplo de virtud y símbolo de reconocimiento de las dos majestades (el rey y el papa) para los católicos americanos. Combinando así dos intereses: religioso y político. Pero era necesario contar con el dinero suficiente.
Después de la expulsión de los jesuitas del reino, en 1767, la corona se encargó directamente de nombrar un nuevo Postulador de la causa en la Santa Sede, don Juan del Castillo, Canónico de la Catedral de Chile; proporcionándole los recursos económicos necesarios. Por su parte debía obligatoriamente informar periódicamente sobre los gastos sostenidos. Es de aquí, que siguiendo los costos de la beatificación, que se descubre el estilo de vida de la corte papal, incluyendo los gustos aristocráticos y refinados vicios de los cardinales en el Vaticano.
En el período 1770-1780, se gastaron 11.026 escudos romanos, sin contar el sueldo del Postulador. Para hacerse una idea del valor de la moneda romana, a esa época, basta recordar que una misa costaba diez centavos de escudo, un cuadro al óleo de alta calidad valía ocho escudos, y una libra de finísimo tabaco cubano se pagaba tres escudos.
Entre los gastos efectuados, es importante considerar los “gastos generales del trámite” (misas, traducciones, transportes, correo, escrituras y sueldos) se llegó a la cifra de 4.040 escudos, cerca el 36 por ciento del total utilizado. Los “honorarios profesionales y los derechos de trámite” totalizaron 1.606 escudos, el 14,4 por ciento del total. Un tercer paquete importante son “los gastos de propaganda” (impresión de libros, folletos, grabados y estampas, y un retrato original de la venerable Mariana, hecho en Quito) llegaron a 2.183 escudos, que equivalen a cerca el 20 por ciento del gasto total. Interesante entre los gastos fue la voz “regalos”, que don Juan de Castillo otorgó a personajes del Vaticano para “aceitar” el procedimiento, equivalente al 31 por ciento del total. Como explicó el Postulador, se trataba de “manchi” (propinas) innumerables ofrecidas a empleados y servidores de la corte papal; en diez años, llegó a 364 escudos. Seguían costosos regalos de “cera y azúcar” a los empleados siempre del vaticano, como “acostumbrados regalos de agosto” y de “Navidad”. Una especie de dádiva obligatoria, que cada Postulador era obligado a dar. Del valor, en aquel caso, de 623 escudos. Y luego tocó el turno a los “monsignores”. Figuran productos de consumo suntuario: chocolate y tabaco. En diez años se pagó por el chocolate 758 escudos, equivalente a más o menos 7.580 misas, y por el tabaco 160 escudos, el equivalente a 1.600 misas.
Para satisfacer a aquellos golosos purpurados y ahorrar el Consejo de la corona solicitó al Postulatdor: de enviar, chocolate y tabaco directamente desde las colonias.
Por su parte el Postulador intentó desviar algunos pedidos de los prelados sibaríticos, “para favorecer la causa”. Como cuando alcunos le pidieron el “Chianti”, don Juan envió una cantidad equivalente de precioso vino español.
Así, en nombre de la Azucena de Quito, los más afamados plateros de ese tiempo, como Valadier, elaboraron juegos de café, chocolateras, bandejas, candelabros, cajas de tabaco y aguasantas; mientras los orfebres labraban juegos de escritorio en oro y piedras finas; además de anillos de oro con brillantes y esmeraldas, relicarios de filigrana, etc. ¡Todo esto para convencer finalmente a Juan Fco. Albani y sus colegas de la “Inocencia purísima” y “la Penitencia portentosísima” de la Sierva de Dios quiteña! (A este punto conviene recordar que, una vez nombrado nuevo Ponente de la Causa, el cardinal Albani recibió una agua santa de plata con estuche, pagada 39 escudos, y para agradecerle por la hospitalidad en su residencia donde se reunió la Congragación para las Causas de los Santos, le fue regalada una caja de plata labrada del valor de 35 escudos).
La lista de los regalos al Cardinal no terminaba. Otros obsequios (entre 1775 y 1776): un asafate grande de plata en él sus dos mancerinas en el mismo material para el chocolate, con su xìcara de zazonia, y vaso de cristal finísimo, por un valor de 107 escudos y 68 baiocchi . El Promotor de la Fe, recibió dos candelabros de plata de 57 escudos y 79 baiocchi; y un completo de 24 tomos a foglio de Suárez, finamente empastados, de 34 escudos y 70 baiocchi. (Resta señalar que, en 1770, el Promotor obtuvo un digiunè de plata, valorada en 35 escudos, y una caja de plata labrada de igual valor; el año siguiente, había recibido, junto a sus colaboradores, varias cositas de tumbaga que llegaban a 54 escudos, y una aguasanta de plata, de 50 escudos; y en 1774, una taza de plata muy bella combinada con un plato, valor 52 escudos)
Por su parte, el Segretario de Ritos aceptó una caja de tumbaga finísima, del peso de 4 onzas y media, costado 63 escudos y 50 baiocchi. En cambio el cardinal Procurador obtuvo, además de la remuneración, un anillo de brillantes con una esmeralda central, que costó 59 escudos y 35 baiocchi.
Obviamente el Postulador no podía no agradecer a su Santidad, el Papa, por los favores a la causa. Inizialmente, papa Julio fue agasajado con un par de retratos de Mariana, en marcos de oro, plata y cristales de Venecia; uno de estos cuadros tenía una cornisa de plata en campo dorado y sobrepuestos muy ricos de plata en blanco, alto 4 palmos 1/4, ancho tres palmos y medio. En 1776, obsequió a papa Paulo una alhaja superior a cualquier otro regalo, ocultando por delicadeza el verdadero precio, pero describiendo sus características: una piedra Bezuar de peso 39 onzas y un quarto, ligada en América sobre 7 onzas de oro riquísimo. Papa Paulo, en 1772, en calidad de Cardenal Ponente la Causa había ya recibido un digiuné de plata con su custodia, valor 40 escudos. Tanta generosidad, al Promotor don Juan abría todas las puertas del Vaticano, obteniendo audiencias papales a su placer. Logorando en este modo convalidar testimonios preciosos para la causa de Mariana, que en otras sedes fueron anulados por defectos en el procedimiento.
En tanto don Juan preparó una gran cantidad de material propagandístico para celebrar la fama de la “beata indiana”, contratando famoso pintores y grabadores italianos (Cecci, Caprinosi, Bombelli) que pintaron retratos de la quiteña. Mientras los mejores impresores y estampadores romanos (Salomoni, Quagliozzi, Ambrogio, Cappelli, Camaral) produjeron miles de láminas y más de noventa mil estampas de Mariana, para distribuirlas en toda la América española, en particolar en las audiencias de Quito, Lima, Charcas y Santa Fe.
El proceso de beatificación de Mariana se concluyó en 1853. Muchos años después de las generosas donaciones de don Juan. No contamos con documentación posterior a aquel dispendio económico faraónico.
Pero queda fundada la convicción, sostiene Núñez, que aquella praxis no se sea terminada. Recordando a propósito el escándalo levantado por parte de los sacerdotes españoles cuando denunciaron el Opus Dei de haber pagado las enormes deudas del Estado Vaticano para obtener en cambio la beatificación del Fundador e Ideólogo, De Balaguer. Mientras por falta de dinero no avanzaba la causa de Juan XXIII, incluso de frente a numerosos milagros a él atribuidos. Núñez avanza el sospecho: “¿No será acaso que Juan Pablo II se preocupa más de bendecir a ‘su bien amado hijo’ el general Pinochet, que a beatificar al ‘Papa Bueno’?”.
Terminó como todos sabemos: llegaron inclusive juntos. Aunque si uno a cincuenta años de la muerte y el otro solo después de una década.

San Diego y sus discípulos laicos

La calurosa acogida reservada a Rosy – exalumna del colegio franciscano – por parte de una delgada señora a la puerta del museo de Padre Almeida – antes de servirnos como guía –, recordó la continuidad secular educativa y formativa de la juventud masculina y femenina, desde cuando los franciscanos llegaron a Quito.
El convento fue fundado poco después del advenimiento español, en 1557, por fray Bartolomeo Rubio. La nueva ermita o Recolección franciscana se estableció en el valle de Iñaquito (cerca de la aldea donde llegó el primer virrey del Perù Blasco Núñez de Vela, que murió decapitado por un esclavo negro el 18 de enero de 1546). Luego, el obispo y el Cabildo (el govierno de la ciudad) favorecieron su transferimiento en proximidad a la hacienda Miraflores a las faldas del Pichincha, gracias al a donación de terrenos por parte de don Marcos de la Plaza, atribuyendo el título definitivo: Orden de los Descalzos de San Diego de Alcalà.
La construcción del convento inició en 1599 y se concluyó en el XVII siglo.

Rosy y el marido, ingenieros, son ejemplos de la clase intelectual/profesional en primera línea en el actual desarrollo ecuatoriano; sujetos a cargas de trabajo estresantes.
Èl, professor universitario, dentro el mismo ámbito desenvuelve encargos a nivel directivo. Inclusive con responsabiliad administrativa. Empeños realizados con pasión – hasta arriesgar la salud. Aprovechando los conocimientos informáticos, área en la que es docente, ha elaborado y aplicado en la universidad un eficiente sistema de gestión y control de la estructura financiaria/administrativa que tiene la inteción de otorgar inclusive gratuitamente a cualquier institución universitaria que lo solicite, renunciando a eventuales beneficios económicos.
Rosy trabaja en la selva amazónica en la predisposición de estructuras civiles accesorias a los pozos petrolíferos.
El petróleo, descubierto después del años mil novecientos sesenta, es fundamental en la economía nacional. Riqueza que ha favorecido la emancipación de la dependencia estratégica impuesta previamente por parte de las multinacionales, especialmente norteamericanas. El protagonismo del Estado ecuatoriano en campo energético ha favorecido un mayor empeño también en la agricoltura, con el apoyo público a modelos de desarrollo ecosostenible. Considerando que hasta el descubrimiento del petróleo la economía nacional dependía principalmente del azúcar, cacao, café, banano, arroz, maíz, y algodón, productos agrícolas en gran parte condicionados por las multinacionales en los precios y en los métodos productivos.
Mi “guía” José trabaja en el estudio con el padre, los dos arquitectos, su campo es la proyectación y asistencia técnica a empresas agrícolas “ecosostenibles”. Profesionales satisfechos y conscientes del proprio papel esencial en una economía en rápida evolución, que está recogiendo inversiones provenientes de todo el mundo, en el turismo, en la agricultura, en el petróleo, en la construcción de infraestructuras viales y urbanas.

Un día de fiesta en Plaza Grande o de la Independencia

Nada más simple, con mi pequeño grupo de amigos en giro por el Ecuador, que darse cita en la plaza principal, después de una semana de descanso. Solo un evento extraordinario hubiera podido complicar el rendez-vous. La casualidad, aquel día Plaza Grande o de la Independencia era llena de gente, teatro de la visita de estado del Presidente mexicano. En tránsito hacia Chile, que se dirigía a festejar la posesión del rielecto jefe de Estado, Michelle Bachelet, habiendo pasado 4 años de expresidente.
En el porticado del Palacio de Gobierno (con un perfil vagamente neoclásico, semejante a las ricas habitaciones de los algodoneros sudistas), era presente una multitud de cortesanos vestidos de gran gala y en uniferme de parada, de frente a la plaza repleta de gente que esperaba los dos representantes: el mexicano Enrique Peña Nieto y el ecuatoriano Rafael Correa. Jóvenes, bronceados, físicos atléticos – como salidos de la misma escuela de estilo político – se ofrecieron a la mirada y a la euforia de la masa curiosa. Mescla de ciudadanos y turistas equipados con cámaras fotográficas, reunidos en los espacios dejados libres de las plantas, jardineras, bancas, fuentes y del numeroso grupo de figurantes.
Estudiantes uniformados, en la plaza bajo el pórtico, aplaudían a la orden; policías dispuestos en cada ángulo armados hasta los dientes; bomberos; militares equipados antiterrorismo y antibombas; tropas con trajes del período de la independencia: a caballo, a pie, armados con lanzas, viejos fusiles y espadas.
Dispersos entre la multitud, justo a la hora de almuerzo, nos localizamos fácilmente con mis compañeros de viaje en tour por los Andes. (Nos dividimos a la llegada en Quito, mientras ellos continuaron hacia Guayaquil). Desde el atrio de la Catedral, para disfrutar de una vista mejor, me gritaron: “¡Ferruccio!”. Ubicado en la plaza, bajo ellos, estaba dedicado a fotografiar. Colocado en la esquina de la plaza entre la iglesia y el palacio de gobierno.
Mi “guía” nos sugirió el óptimo restaurante “Mea Culpa”. Al otro lado de la plaza. Sobre el pórtico donde se encuentran alineados lustrabotas con sus característicos sillones en madera. Junto al obispado. O mejor dicho, el restaurante es propiedad episcopal.
Local ingenioso y simpático; en la entrada a los salones, se encuentra un viejo confesional obscuro, donde rezar el Mea Culpa, ¡mejor se con la barriga llena! Pero el sagaz espíritu sacerdotal no termina aquí. Bajo los platos y cubiertos está estampada en español e inglés, la leyenda de “Padre Almeida”, incline en atenciones al mundo fenmenino y a la juerga.
Esta autoironía refleja la ciudad. Incluso los sacerdotes – acumulando méritos, religiosos, artísticos y pedagógicos – son conscientes de haber dado pruebas ad abundantiam de sobresalir también en virtudes más terrenas: la gola y la lujuria.

Después de separarnos de mis amigos del viaje andino, con el joven arquitecto digerimos el almuerzo vagando en el vecino Centro Cultural Metropolitano, que es también sede universitaria. El edificio histórico, uno de los innumerables bienes expropiados a los jesuitas, espléndidamente restaurado (como gran parte de los edificios históricos) acoge algunas facultades universitarias, entre las cuales una de características histórico-archivístico. Vagando en el patio del piso inferior entre antiguas máquinas y enormes descripciones sobre la función de la imprenta en la formación civil del moderno estado ecuatoriano desde su independencia, se nos acercó un señor de media edad. Intrigado por nuestro interés cultural y por mi origen y actividad. Por coincidencia, los dos cultivamos la historia. Èl enseña y escribe historias familiares de nobles, mientras a mí, me interesan historias campesinas. Vino natural la ironía sobre los sujetos históricos contrastantes: sus nobles latifundistas y mis campesinos, humillados y despojados de sus bienes agrarios.
Prometí al simpático profesor Gregorio Larrea que le enviaba una copia en PDF de mi libro “Chj lavora fa la gobba chj ‘n lavora fa la robba; la famiglia contadina entre Toscana e Umbria” (El que trabaja hace la joroba, el que no trabaja hace la plata; la familia campesina entre Toscana y Umbria), al cual se mostró interesado.

¿La actualidad de Simón Bolívar?

Continuando a pasear en el Centro cultural y universitario, sondeé los intereses políticos de José.
Que inició desde muy atrás en el tiempo: desde la situación social de los protagonistas y de los diseños políticos perseguidos por los libertadores, adversarios de los españoles.
Históricamente, beneficiarios de la libertad fueron los latifundistas blancos, que se liberaron de las imposiciones fiscales y de los impedimentos burocráticos españoles; mientras los indios continuaron a pagar a los latifundistas tributos equivalentes a la deuda contraída con la Corona para adquirir la tierra.
Al movimiento libertario adherieron incluso inteletuales provenientes del nivel medio, y radicales de la causa, como Morales y Quiroga. Pero el fracaso de la indipendentista Junta Saberana no se explicaría sin considerar la tibieza con la que fue sostenida de parte de las clases populares. Que no vieron la diferencia entre ser favorables o contrarios a la Corona o a los conspiradores. Entre los cuales se destacaron el marqués de Selva Alegre, Morales, Quiroga, Riofrío, Ante y doña Manuela Cañizares. (Nombres inscritos en una placa sobre la fachada de un edificio no lejos de estos parajes; lugar donde tomó cuerpo la idea de la Revolución de Quito, en el período 1808-1812).
A los primeros fuegos, aparentemente espontáneos y de inspiración latifundista, siguieron acciones decisivas, para la independencia del Ecuador, que intervinieron desde diferentes partes. Como aquella de la marina inglés que sostuvo la liberación del puerto de Guayaquil prendiendo a cañonadas a los españoles; y la contemporánea insurrección militar en todo el continente sudamericano, guiada por los libertadores San Martín y Bolívar. Quien colocó en Ecuador su mejor general, el venezolano Antonio José de Sucre, que triunfó sobre los realistas en la batalla final a las faldas de volcán Pichincha, el 24 de mayo del 1822. (Personajes celebrados con placas o monumentos a ellos dedicados en parques, vías, barrios, museos y centros culturales).
La independencia ecuatoriana se alcanzó cuando las élites ampliaron la base social de le fuerzas insurgentes y cuando intervino el apoyo de Bolívar. Por otra parte, el tiempo era maduro para una sublevación general de las colonias españolas, desde Chile a Buenos Aires, de Venezuela a Nueva Granada y de Quito al Perù.
Gracias a las victorias militares, el momento inspiró en Bolívar la idea de la creación de una nueva nación: la Gran Colombia. Una confederación de nuevos estados que hubiera podido comprender un vasto territorio (desde Venezuela hasta Bolivia). Bolívar dió señales de innovación política con la ayuda de su vicepresidente Francisco de Paula Santander, organizando ministerios para la agricultura y el comercio, estimulando la política de libre comercio; declarando ilegal el trabajo gratuito de los indígenas; estableciendo un salario mínimo e impuestos directos; promoviendo seriamente hacia la abolición de los tributos indígenas.
Pero pronto iniciaron las divisiones entre Bolívar y los nacientes grupos dirigentes nacionales. Incluyendo sus más estrechos colaboradores. Que iniciaron a alejarse de su proyecto original encarádole: la transformación de federalista a centralizador decisionista y la mobilización popular (que amenaza y desestabiliza los bastiones conservadores del colonialismo) unida al propósito de liberar los esclavos.
En el 1830 se concluyó el experimento bolivariano, con la muerte en exilio de su ideador. Precedida del asesinado del general Sucre y de la separación de Venezuela de la gran Colombia.
El desmembramiento del gran país ideado por Bolívar dependió del conflicto con los intereses oligárquicos regionales y locales, y de una clase dirigente incapaz de sostener un proyecto nacional y de vencer resistencias y privilegios. A las causas internas, se sumó la política desestabilizadora de las potencias capitalistas contrarias a la formación de un gran Estado, prefiriendo pequeñas estructuras políticas débiles y consecuentemente fáciles de condicionar.
Bolívar y sus valientes héroes (inspirados en los principios de igualdad de la revolución francesa) capaces de liberar las colonias del poder de la Corona española, fueron sostenidos mientras se limitaron a este objetivo; pero cuando el bolivarismo transformó de la lucha por la independencia en lucha para extender los derechos, las antiguas oligarquías retomaron el control del poder. Esta vez ya no bajo el poder monárquico, sino republicano.
En el siglo XIX se consolida el estado oligárquico en las manos de los latifundistas. Los indígenas continuaron a pagar los tributos necesarios para mantener ejército, clero y alta burocracía. La Iglesia, herede de su poder colonial, económico e ideológico, se insirió en el Estado republicano, que sobre ella reclamaba el derecho de Patronato: es decir de controlar el nombramiento de la gerarquía. En cambio del mantener la religión católica como oficial y esclusiva dentro el Estado, financiando sus ministros garantizando propiedades y prerrogativas. La Iglesia, en definitiva, mantuvo el control social: registrando nascimientos, matrimonios y muertes; usando el púlpito, como el mayor medio de comunicación; y en el sistema educativo, decadente y reservado a una mínima parte de la población.
El mantener la esclavitud negra y los tributos a los indígeneas, eran en sintonía con la continuidad colonial con respecto a los pueblos indígenas y afroamericanos. Las comunidades locales vieron, más que en pasado, invadir sus tierras y reforzados los mecanismos de sometimiento y latifundio.
Así, para José, ciertas cuestiones controvertidas del país tienen lejanas raíces bolivarianas.
Existe en America del Sur el UNASUR, que regula las relaciones económicas etre los estados. Muchos de los cuales adhieren también al CELAC, otra organización que vigila sobre los intereses económicos en todo el continente americano, excepto Estados Unidos y Canadá. Pero el sueño de José sería la efectiva realización del ALBA, propuesto de la isquierda, que prevé una confederación de Estados, entre los cuales Venezuela, Ecuador y Colombia. Al cual pero, en este momento, se opone la Colombia.
Sin escluir que dicha oposición sea determinada no solo de la diferente orientación política del presidente colombiano en relación con los otros partners, sino también de aquellas fuerzas que doscientos años atrás blocaron mientras nacía la idea de Bolívar. Oligarquías preocupadas de defender los propios intereses y potencias capitalistas que prefieren pequeñas realidades fáciles de condicionar. En el actual contexto caraterizado de fuertes estímulos populares hacia una mayor equidad social de los recursos naturales y financieros, exigiendo mayor instrucción, mayor cultura, mayor tutela social, sanitaria y ambiental.
Aún la prolungada permanencia de la “anomalía” cubana (que sería interesante verificar de visu, a lo mejor en un próximo viaje dedicado a la perla del Caribe) ha contribuido a crear en el pueblo sudamericano fuertes sentimientos comunes. Como el uso en propio ventaje de las enormes riquezas naturales, minerales y territoriales. En el pasado, y aunque si menos actualmente, objeto de saquéo extranjero.
Dones de Dios que bajo los ojos de todos, hoy en día siempre con mayor importancia son destinados a superar el desnivel entre los así llamados países desarrollados y aquellos en vía de desarrollo.

Muchas ciudades ecuatorianas son equiparables a aquellas en áreas avanzadas del mundo. A pesar que persisten fenómenos nocivos para la vida pública, como la corrupción, o la presencia de áreas degradadas en la ciudad.
Quito histórico me pareció un ejemplo admirable: en el cuidado y renovación urbana, en la recuperación y reutilización del patrimonio edificado. Una ciudad bella y vivible. Sugestiva, también en la noche. En las calles y plazas desiertas, una bien estudiada iluminación crea una atmósfera encantada.

Las miserables condiciones de los Indios

Papa Francisco ha anunciado una mayor responsabilidad de la Iglesia hacia los pobres, dejando suponer omisiones pasadas. El mismo razonamiento lo han realizado los políticos sudamericanos, con instrumentos y obligaciones superiores, siendo el bien común su misión principal. Como se ve escrito en las constituciones vigentes. En algunas se declara: el objetivo del Estado es la felicidad de cada ciudadano. Por lo tanto, si la pobreza es un tema actual, dramático y extenso, significa que las causas tienen raíces lejanas.
Estando en Quito, viene espontáneo asociar pobreza a los indios y a los negros. Últimas figuras en la escala social. Aunque si la moderna América del Sur, inclusive en esto, manifiesta signos de novedad: como la elección del indio Evo Morales como presidente de su país.

Jorge Núñez, a propósito, ha realizado un estudio interesante sobre la historia de su ciudad, partiendo de los albores coloniales.
Dada la gravedad de la situación que se creó, pronto se manifestaron demostraciones de religiosos – aún si fueron en gran parte ocultadas – contrarios a las pesantes imposiciones hacia los indígenas, causa de la endémica miseria de los nativos. Tributos destinados a la Corona española, a la burocracia pública local y a financiar la multitud de religiosos diocesanos y de los diferentes órdenes religiosos. (En tiempos de extensa miseria, hacerse fraile, sacerdote o monja fue la vía maestra para mejorar las condiciones de status social).
Un discreto eco tuvo el pronunciamiento del dominicano Bartolomé de las Casas, conmoviendo la España y el mundo con su escrito: Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias. En la cual describió con lujo de detalles las crueldades de la conquista y las iniquidades del colonialismo .
Refiriéndose a la situación de los territorios correspondientes al actual Ecuador, transcribió el testimonio de fray Marcos de Niza respecto a las brutalidades de Benalcázar y su tropa. “…soy testigo que aquellos indios del Perú [no existiendo el Ecuador, la jurisdicción colonial era unida al Perù] es la gente más benévola que entre indios se ha visto… Y vi que ellos daban a los españoles en abundancia oro y plata y piedras preciosas y todo cuanto les pedían… después de haber dado el cacique mayor Atabaliba más de dos millones de oro a los españoles, luego quemaron al dicho Atabaliba… Asimesmo, quemaron en Quito a Cozopanga, gobernador que era de todas las provincias de Quito… y porqué no dio tanto oro como le pedían, lo quemaron con otros muchos caciques y principales. Item, que los españoles recogieron mucho número de indios y los encerraron en tres casas grandes, cuantos en ellas cupieron, y pegáronles fuego y quemándolos a todos sin hacer la menor cosa contra español ni dar menor causa…” (Efectivamente, al obscuro de sus famosas gestas, la estatua de Benalcázar – aquella que el pueblo quiteño le ha dedicado – es inquietante: rostro duro y agresivo del hombre sin escrúpulos, adapto al trabajo sucio de los conquistadores. Tan cruel, que no es exagerado asociarlo a las represalias militares consumadas en cada época sobre pueblos indefensos).
La lucha de Las Casas y otros defensores, con el mismo tenor, en el 1542, obligaron al rey de España a promulgar Leyes Nuevas contra los abusos de sus gobernantes (adelantados) en América. Así se suprimió la primera imposición (encomienda) – inventada por Cristóbal Colón – que concedía a cada capitán de apropiarse de un territorio y de un cierto número de indios para que lo trabajen. La nueva encomienda preveía la concesión al encomendero de los tributos obtenidos de los indios, en una cierta región y por un determinado período de tiempo.
Contra aquellas leyes reales se levantaron los conquistadores bajo el mando de Pizarro, que terminó derrotado y decapitado por las tropas fieles al rey; pero no se suprimieron las concesiones a los conquistadores que prepotentemente se fueron constituyendo en dueños y señores de las tierras de América.
Los ultrajes no terminaron. No obstante nuevas leyes reales que preveían mecanismos y autoridad [al inicio atribuida a los frailes Jerónimos, después al Obispo, y finalmente a un funcionario público llamado Protector de Indios o Protector de Naturales] en defensa de los intereses de los indios, considerados en la carta Vasallos libres (?!) del rey. Al contrario, la historia abunda de ejemplos de Protectores de Naturales que se trasformaron en déspotas contra los indios, favoreciendo la “legal” usurpación de terrenos a favor de blancos o mestizos latifundistas.
No todos los “protectores” se comportaron cobardemente. Un raro ejemplo de persona que cumplió su deber escrupulosamente fue Francisco Ramírez de Arellano, de la Procuraduría de Indios en la provincia de Quito, el cual, en diciembre del 1723, dirigiendo al rey una denuncia sobre los abusos contra los indios para privarles de sus tierras, describió el mecanismo más usado: un blanco presentaba una falsa denuncia de tierras realengas (baldías) solicitando le sean asignadas, cuando en realidad se trataba de tierras comunales indígenas; o también, el blanco denunciaba falsamente que los indios de una cierta comunidad eran insuficientes para cultivar amplios terrenos, por lo que pedía se les quitasen las sobrantes..
Ramírez de Arellano escribió que se los indígenas escaseaban en los pueblos dependía de dos causas: a) “los curas doctrineros gravan a los indios con tales pensiones y servicios, que abrumados de los prietos que los ponen, se van de los pueblos y los han dejado desiertos,…” b) la segunda causa que ahuyentaba a los indios, era la mita, o servicio forzado, que los indios debían prestar en las haciendas. Mandatos del sistema colonial inventados por Cristóbal Colón, cuando, en Hispaniola (actual Santo Domingo) dispuso la repartición de los indios al servicio de los españoles… Y no importaba se aquellos restantes en el pueblo – después de las fugas – eran insuficientes, el cacique estaba obligado a reunir y entregar trabajadores a disposición. Usando fuerza y chantaje, pues los mayordomos tomaban como rehenes a las mujeres e hijos de los mitayos para forzarlos a quedarse en las propiedades de los conquistadores
No obstante violencias y engaños, los indios escapaban de los distritos – escribió el funcionario quiteño al rey – Por lo tanto no era de maravillarse que los pueblos estén desolados y de que anden vagando de un lugar a otro y se unan a las haciendas que buscan trabajadores voluntarios.
Concluía el escrito sosteniendo que el remedio a tantos males era la supresión de la mita, por su manisfiesta crueldad, y daño causado a la economía colonial, pues los indios fugitivos no pagaban tributos. Mientras era preferible el trabajo voluntario, que permitía conciliar los intereses de las haciendas con el sistema familiar indígena. Por su conexión con la tierra, privarle de ella, era negarle su derecho a la vida y a su libertad.
Jorge Núñez concluye con la amarga consideración: “Pero, por desgracia, eso es precisamente lo que nuestra sociedad ha venido haciendo con los indios durante cinco siglos”.

Comenté la narración de Núñez con José, para quien, uno de los motivos del interés sobre las cuestiones sociales, nace en la lectura de la novela Huasipungo, de Jorge Icaza.
Novela de carácter histórico, (pubblicada en el 1934) sobre la explotación y crueldad hacia los indígenas sometidos a la trilogía: patrón/iglesia/poder político. El huasipungo, era la choza y un pedazo de tierra concedidos por el latifundista al trabajador indio, que se comprometía a pagar en cambio con su trabajo en los terrenos del patrón. El costo era tan alto que la deuda duraba la entera vida del trabajador. Y no bastando, el patrón podía a su discreción decidir alejarlo del huasipungo, contando con el apoyo político y clerical.
En la novela, el latifundista Alfonso Pereira, encontrándose en problemas económicos, se refugia en su hacienda Cuchitambo, donde explota la madera en acuerdo con empresas norteamericanas. Debiendo pero alejar los huasipangeros de los terrenos de la hacienda, sin importar que para obtener sus objetivos debe destruir los huasipungos y masacrar los residentes.

Alfabetizar para dominar

En la infeliz historia indígena, los abusos fueron de todo tipo, incluso en la al alfabetización. Como narra Núñez en el capítulo Alfabetizar para dominar .
Entre los más nobles fines del Estado es sin duda la educación, completamente diferente a imponer el idioma del conquistador y anular los idiomas, tradiciones o cualquier otro elemento de resistencia del pueblo subyugado, condenado, demonizado y perseguido.
Los españoles, entre los idiomas indígenas, escogieron el quichua como instrumento de evangelización. Pero no todos lo hablaban, era definida “lengua general de los Incas”; feroces invasores que entraron en Quito, menos de un siglo antes de los españoles.
Música, bailes y creencias indígenas – consideradas elementos de la resistencia espiritual – fueron eliminados como idolatrías, en consecuencia con la prohibición de las fiestas tradicionales.
La situación cambió en XVIII siglo, cuando se formaron nuevos grupos sociales, como los criollos y los mestizos, cuando estos nuevos españoles nacidos en América, alcanzaron elevadas posiciones económicas y pretendieron propios espacios políticos.
España, “primera potencia del cristianismo” se transformó en potencia militar y económica de segundo nivel. Carente de industrias, sus principales recursos provenían de las colonias americanas, que, por su parte, habían conquistado un importante grado de independencia económica: ya que se desarrollaron numerosas manufacturas, se reutilizando gran parte de los impuestos, enviando a la corona apenas el veinte por ciento de las rentas coloniales. La España borbónica se proyectó recuperar el retraso con respecto a las otras potencias, acelerando el proceso de industrialización, condicionando mayormente el comercio de las colonias, favoreciendo los consumos.
Pero no bastaba la reconquista económica. España pretendía hispanizar aún más las colonias, aboliendo los pocos vestigios culturales indígenas, conservados para favorecer la conquista.
Parten las “reformas borbónicas” con Carlos III, en el 1769, con una Real Cédula, inició la primera ‘campaña de alfabetización’ de la historia colonial americana, estableciendo: “escuelas de idioma castellano en todos los pueblos indios, para que aprendan a leerle, escribirle, y hablarle, prohibiéndoles usar de su lengua nativa”.
Los maestros encargados, preferiblemente, debían ser sacerdotes que conocieran los idiomas indígenas. e – ¡ironías del colonialismo! – a pagar los sacerdotes maestros fueron los mismos pueblos indígenas. Y, no obstante la enorme presión sobre las colonias, varios idiomas fueron más fuertes que las campañas que buscaron eliminarlos.
Concluye Núñez: “En el caso del idioma quichua, dos siglos después no solo ha sobrevivido a sus enemigos sino que ha crecido en influencia e importancia: treinta millones de gentes lo hablan hoy cotidianamente en nuestra América, en tanto que los lingüistas buscan normatizarlo, los gobiernos lo incluyen en sus sistemas de educación bi-cultural, las editoriales lo utilizan para publicar libros y los poetas indios lo recrean gozosamente”.

¿Un cuadro de Hieronymus Bosch en Quito?

Entre aquellas visitadas o conocidas en el libro Patrimonio artístico Ecuatoriano de José María Vargas , mi preferida es la iglesia de San Diego no solo para gusto estético se no por cuanto comunica y evoca.
La fachada, con una amplia vidriada, al lado izquierdo del portal, narra como los franciscanos favorecieron el acceso indígena a los ritos sagrados. Simplificando la historia; al inicio de la colonización española los indios podían ser bautizados, pero, como eran considerados poco más que seres vivientes de explotar, no podían entrar en la iglesia. Para superar aquel impedimento, en un lado de la fachada se abrió un espacio colocando un altar en dirección del atrio. Así, a pesar de estar fuera de la iglesia, era posible asistir a las ceremonias religiosas. Aquel pequeño espacio sagrado fue llamado capilla de Nuestra Señora de Chiquinquirà. Muy popular en Quito en el XVII siglo. Una pintura en tabla, actualmente en el museo franciscano, representa una procesión de devotos de todas las clases sociales, con los trajes típicos de la época.

El interno de la iglesia muestra tres fases de construcción fácilmente distinguibles: en su origen el local era modesto, con una arcada baja; en el segundo ampliamiento, desde la vuelta más alta, fueron abiertos dos lucernarios en el techo con la forma del sol (adorado por los nativos como dios supremo); en la tercera y última se añadió, el artesonado de lacería mudéjar que adorna el cielo raso sobre un exuberante altar dorado; y, al pie de la grada presbiterial, se erigió el púlpito en madera, preciosa expresión barroca del XVIII siglo.
En esta suma de diversos estilos, el conjunto armonioso combina los cambios de los gustos estéticos en los períodos en los cuales creció su construcción en sintonía con la piedad popular.
Es justo recordar que la iglesia y el convento adyacente, cuando se iniciaron a construir, se encontraban al margen urbano. En un espacio que por siglos permaneció rural, hasta el 1820. Cuando las nuevas disposiciones en relación a las sepulturas hicieron que junto al convento se construyera un cementerio. (Que mérita una visita para apreciar la evolución en el cuidado del recuerdo de los difuntos, en la ciudad que en dos siglos se ha transformado de simple capital rural en metrópoli).

Para describir las sensaciones de un extraño, al contacto con aquel original asentamiento monástico, el histórico Vargas transcribió una nota del inglés Stevenson (secretario del conde Ruiz de Castilla): “El convento de recinto de san Diego, que pertenece a los franciscanos, está por su situación, en una barranca de los arrabales de la ciudad. Casi oculto en medio de los árboles y de las rocas, este retrete es de los románticos. Se ha puesto especial cuidado en que este edificio aparezca en todos sus detalles, como una eremita aislada, lo que atrae la atención del extranjero. Es tal vez en todo el Nuevo Mundo, la morada que más conviene al retiro religioso, el aspecto pintoresco de las montañas circunvecinas, que se elvan por encima de las nubes, la risueña verdura de sus valles contrasta con las nieves eternas que coronan sus cabezas encanecidas. Un riachuelo serpentea, que se ve primero saltar de una roca y deslizarse luego por lo bajo de una barranca en busca de su nivel, interrumpiendo de cuando en cuando en su carrera por súbitas vueltas, macizos de árboles o montones de piedras y como diciendo: hombre, tu carrera por el sendero de la vida, se asemeja a la mía: pueden presentarse obstáculos que parezcan prolongar por instantes la peregrinación que debe para ti terminar en la tumba; pero tu estadía sobre la tierra es corta, tu vida semeja a mi corriente sobre la inclinación de esta montaña, continuamente se desliza hacia su término y, después de haber experimentado todas las vicisitudes de este viaje, no te quedará tal vez remordimiento de no haber sido suficientemente sabio para aprovecharlo” .
Hoy Stevenson no encontraría aquel ambiente duro y salvaje, adapto a la meditación, pero resta actual su consideración final delante al enorme Cementerio de la ciudad. Que invita a pensar sobre el sentido de la vida con sus tortuosidades, para no tener remordimientos al final del viaje terrenal, no tanto por la falta de respeto hacia abstractos preceptos morales, sino por las bellas ocasiones dejadas escapar o subestimadas.
Rocas, precipicios, frailes que caen en el vacío y juicios finales divinos, se encuentran también en el cuadro de Hieronymus Bosch. Que – guarda el caso – una circunstancia misteriosa lo ha portado en el museo de Padre Almeida.
Considerando que en el mundo existen solo 25 pinturas atribuidas con certeza al pintor flamenco, este es un fortunado tesoro llegado a los frailes. A los cuales resultaría indiferente confirmar la atribución, no habiéndoles encontrado en la lista de las instituciones o colecciones privadas que han denunciado la posesión de telas atribuibles a Bosch.
La lectura de sus cuadros ha sido objeto de controversias. Sobre su poética pintura existen varias hipótesis, por ejemplo que son inspiradas por el hecho de pertenecer a la “Ilustre Hermandad de Nuestra Señora (asociación laica y religiosa dedicada al culto de la Virgen); o a otras sectas, como aquella de los Homines intelligentiae (eréticos clandestinos dedicados al nudismo y al amor libre para alcanzar la “inocencia paradisíaca” anterior al pecado original). Otros llaman en campo la teoría de los humores, la alquimia, la farmacéutica, las perversiones eróticas y la homosexualidad. Teorías, justas o erradas, revelan una fuerte atracción del concepto pictórico envuelto en áurea de misterio. Considerado inclusive incline al pensamiento de Erasmo de Rocterdam, en su condena caústica a los abusos, corrupción y comportamientos escandalosos de muchos religiosos, se bien resta el pintor Hermano fiel al Papa.

En definitiva, la visita hecha con calma en este lugar – guiados por la voz gentil y sapiente de la delicada señora encargada de conducir a los turistas – ofrece en cada ángulo curiosidad, testimonios y elementos de reflexión. Lugar rico de sedimentaciones históricas y sugestivas. Como la habitación utilizada como capilla mortuoria, escondida detrás del altar mayor, a la cual se accede desde una pequeña puerta de piedra camuflada en la pared. Donde se encuentra un catafalco mortuorio permanente, cráneos y huesos dispersos sobre los muros, y desde una pequeña apertura en el piso se ve el osario bajo el piso. En lugar de resultar una visión cruda del destino mortal del hombre, me hizo recordar un pasaje de Zorba el Griego : “La muerte se muere a cada instante, renace a cada instante, lo mismo que la vida. Desde hace millares de años, mozos y mozas bailan bajo los árboles de renovado follaje, álamos, pinos, robles, plátanos y esbeltas palmeras; y seguirán bailando dentro de millares de años, con rostro ansioso de deseo. Cambian las caras, que se agostan y vuelven al polvo de donde salieron; otras reemplazan a las primeras y son reemplazadas a su vez. Un bailarín único, de innumerables semblantes, danza al correr de los siglos, en la flor de sus veinte años, inmortal ”. No un memento homo qui es pulvis , mas un himno a la inmortalidad de la vida y de las pasiones humanas.
Sin dejar de lado el paseo sobre los techos del convento. Desde donde se puede disfrutar una espléndida vista de la ciudad: las viviendas populares (¿bidonville?) coloradísimas, suben en terrazas los pendíos del volcán Pichincha; El Panecillo con la Virgen alada; el Cementerio momumental; la vieja Cárcel; el Museo del agua a los pies de la cascada Chorrera; y la vista espetacular sobre el serpentón edilicio urbano, que ha cubierto, en el fondo del altoplano, cualquier residuo o huella natural, dominado por una corona de montañas que definen el horizonte.
Una fantástica suspensión aérea entre los tejados y el cielo de Quito es el último regalo de San Diego, después de habernos revelado sus misteriosos ángulos escondidos, sus historias y leyendas.

En Bellavista: arte contemporáneo, historia antigua y La Capilla del Hombre
La visita en el complejo museal creado por el artista Oswaldo Guayasmín , en el barrio residencial de Bellavista (otro espectacular punto panorámico) a nordeste de la ciudad, presenta refinados conocimientos: sobre técnicas, contenidos expresivos y vínculos de conexíon entre los artistas sudamericanos en el siglo apenas pasado. Marcado con conflictos sociales, pero también de intercambios culturales innovadores, entre vanguardias americanas y europeas. Como lo testimonia La Capilla del Hombre. Vasta colección de pinturas y esculturas de Guayasmín, sítesis de ochenta años vividos de artista militante (engagé).
Amigo de intelectuales y políticos. Neruda, Fidel y Raul Castro, François y Danielle Micterrand, Gabriel García Márquez, Rigoberta Menchú, rey Juan Carlos, la princesa Carolina de Mónaco, y el maestro mexicano Orozco que lo aceptó como asistente.
No obstante la oposición del padre, entró en la Escuela de Bellas Artes de Quito, a la época de la sublevación ecuatoriana contra el governo de Arroyo del Río, la llamada “guerra de los cuatro días”, en la cual murió su amigo Manjarrés. Tragedia que marcó su producción artística sucesiva, como Los niños muertos. Los viajes en América Latina – Perù, Brasile, Chile, Argentina y Uruguay – fueron también fuente de inspiración: habiendo encontrado por todas partes una civilización indígena oprimida.
Su obra, clasificada expresionista, refleja el dolor y miseria que sufre la mayor parte de la humanidad , denunciando las violencias sufridas en el terrible siglo XX, lacrado de guerras mundiales, guerras civiles, genocidios, campos de concentración, dictaduras y torturas.
Esto esplica el significado del nombre: Capilla del Hombre. Una colección artística personal, que refleja la triste suerte humana en el pasado y en el presente. Tanto que, saliendo de aquel espacio de denuncia del sufrimiento, como espectadores nos sentimos envueltos en el mensaje poético.
Aun cuando apparentemente, el artista no describe al hombre, como en el gran quadro El cóndor y el toro. Donde un cóndor y un toro atados, se ven obligados a combatir durante el Yaguar Raimi (Fiesta de la Sangre). Los dos animales unidos combaten en una lucha cruenta y mortal. En la tradición rural, la victoria del ave era considerada de buon auguruio para la cosecha del año venidero. Aquella batalla por la vida o la muerte, puede muy bien representar el secular conflicto entre España (el toro) y las colonias sudamericanas (el cóndor); o cualquier otro conflicto humano en el cual no valen razón y tolerancia, sino violencia y opresión.
El mismo tema afrontado en el otro mural expuesto: Los Mutilados, sobre la guerra civil española. Para realizar esta obra el artista studió ocho años Leonardo da Vinci y realizó 470 bosquejos.

Electo el lugar para la sede de la colección artística en Bellavista, conocido también como Guanguiltagua, la fortuna hizo que durante los escavos vinieron a la luz 14 tumbas preincaicas, que contenían 2284 elementos en cerámica, entre fragmentos y vasos; y dos tumbas con elementos oseos. El descubrimiento, no es necesario subrayarlo, se está revelando de gran importancia para la reconstrucción histórica de la ciudad.
A la salida alguien con ironía se refirió al viejo artista como borracho. Hubiera podido dejar aquel comentario entre las tantas notas de viaje inservibles. En cambio la escribo. Por respeto a la memoria de Guayasmín, marcado en su conciencia de dolores indelebles. Sin olvidar que alcanzó envidiables 80 años, para él como para todos, vale el dicho italiano: “El vino es la leche de los viejos”.

Esplendor Temor Horror

Las iglesias son etapas obligadas en el viaje para descubrir esta ciudad.
A eccepción de la menos adornada, el Sagrado Corazón – costruida con función político-religiosa, como su omónima que se encuentra en la cima de Montmartre a eterna condena de los muertos de su común en París –, las antiguas iglesias del Centro, son llenas de oro, telas, estatuas ornamentos, en función de los roles y estilos de las órdenes religiosas propietarias.
San Francisco, Santo Domingo, San Agustín, las iglesias de la Compañía de Jesús, de los Mercedarios, los monaterios de la Concepción, de Santa Catalina de Sena, de Santa Clara de Asís, del Carmen de San José, el Carmen de la Asunción, la Catedral, la capilla del Hospital y la otras en las parroquias urbanas del Belén, San Blas y San Sebastián, Santa Bárbara, San Marcos y San Roque, para una ciudad originalmente no muy grande, representan una poderosa presencia eclesiástica en la variedad de las órdenes religiosas masculinas y femeninas.
Característica común de todos los templos es la teatralidad, unida a la opulencia artística, redundante de decoraciones especialmente en los altares, en ciertas vueltas y en las columnatas. Telas y estatuas que representan ejemplos de virtud cristiana, con frecuencia exageradas, con condenas severísimas para los pecadores; a veces, tocando el mal gusto, no solo estético.
Visiones de desangramientos o condiciones de verdadero horror de santos con los ojos oblatos puestos en un plato, Cristos heridos como en el discutido film de Mel Gibson, inducen al viajero a veces a escapar al externo, para recuperar aliento en un paisaje humano un poco más tranquilizador.
Para no hablar de las pinturas con las horribles penas impuestas a los pecadores, especialmente para aquellos que no se arrepienten y no pasan por el confesional. Alineados en la iglesia de la Compañía de Jesús, uno a pocos pasos del otro, como en amenazantes posiciones de combate. Donde es evidente la voluntad de constricción sobre las conciencias cristianas. El mismo estilo embarazante en algunas telas sobre las tentaciones pecaminosas, que asechan al hombre aun solo en las acciones cuotidianas vitales: comer, beber, hacer el amor, trabajar, etc., sino se cumplen conforme a la doctrina cristiana.
A veces parece encontrarse en la antecámara tremebunda del juicio final divino; o encerrados en un inmenso sarcófago dorado, como en la espléndida iglesia de la Compañía.
José arquitecto, creyente y practicante, incluso en las visitas a los templos fue precioso: competente y pacado. Tanto de inducirme a regresar más de una vez en algunos lugares: para aprofundir, o rever sugestiones derivadas de la gran cantidad de obras de arte de indudable valor. (A aquellos que no podrán contar con una guía como José, para visitar las iglesias, puedo aconsejar el ya citado libro de Vargas, Patrimonio artístico ecuatoriano).
Con él condividí algunas sensaciones incómodas, sin restricciones. Si bien reforzadas del ligero peso del sentirse viajero. Que, sin embargo no puede abstraerse a las contradicciones encontradas – no solo en esta ciudad – entre lo que narran los evangelios y los testimonios eclesiásticos.
Saliendo de Santo Domingo, que contiene algunas imágenes particularmente crudas, José recordó el papel de aquel orden religioso en la Inquisición. Predicadores y guardianes rigidísimos de las reglas religiosas. Fieles a un Dios alto y lejano. Árbitros de una concepción religiosa elitista y en guardia hacia el hombre pecador, de tener en continua subyugación con el temore del infierno.
Sin olvidar, lógicamente, algunos dominicanos como de Las Casas (acusador de los abusos sobre los indios), o los fundadores de escuelas y universidades, incluso laicas. En una de las cuales se ha graduado el mismo José.

Cantuña y el diablo

Entre las iglesias y los contextos sociales de los barrios se crean estrechas interacciones.
Santo Domingo se identifica con la Loma Grande; San Marcos representa el barrio de la Loma Chica; San Francisco delimita el área del mercado, el Sagrario y la Compañía revelan su aristocracia estando en el sector del gobierno eclesiástico y civil. San Roque, el Belén, Santa Bárbara, San Sebastián, San Blas, representan sus parroquias. Recoleta, Tejar, San Diego y San Juan señalan la extremidad de la ciudad colonial.
En el medioevo, se decía, que los templos cristianos eran orientados hacia Jerusalén, como las mosqueas musulmanas hacia la Meca. En Quito la orientación dependía de las condiciones orográficas.
Las fachadas de San Francisco y la Compañía están orientadas al sol naciente; Santo Domingo hacia el poniente; la Catedral hacia el Norte; San Agustín y la Merced en dirección Sur.
Para evitar el obstáculo representado por el desnivel del terreno, en San Francisco se construyó un amplio realzo, que consiente a la iglesia dominar una de las más bellas plazas de la ciudad. Fue necesario realizar realzos semejantes también para las ampliaciones de Santo Domingo y la Compañía.

A propósito del Atrio de San Francisco existe una tradición popular y misteriosa.
Por “atrio” (continuaré a llamarlo como se usa en Quito), se entiende un realzo de tres metros sobre el nivel de la plazza, en piedra labrada; largo y espacioso: 15 metros por 80. Base de apoyo del entero complejo de San Francisco
Sobre el atrio, una imponente grada semicircular en piedra conduce a la parte superior. La fachada de la iglesia presenta el carácter elegante y austero de le construcciones medievales. Sus proporciones corresponden a los preceptos del arquitecto romano Vitruvio.
Una obra así imponente desencadenó la fantasía popular en relación a aquel milagro arquitectónico, dando origen a una leyenda que bien se esposa con el espíritu fantasioso quiteño .

En los tiempos lentos en los que fluía el primer colonialismo, un indio llamado Cantuña fascinado del oro y la ansiedad de grandeza, obtuvo el encargo de realizar esta gigantesca base. Los trabajos de la obra estavan a mitad. En el tiempo restante acordado era humanamente imposible concluirlos. Cantuña se retorcía, desesperado de dolor, consumido por la fiebre y el terror, cuando faltaban solo dieciocho oras para entregar las obras concordadas. Los sueños del pobre indio estaban naufragando en la dura realidad. Le esperaban la prisión y el sarcasmo popular. Un innato orgullo lo estava devorando.
Al calar del sol las campanas invitaban a la gente a la oración de la tarde. Las calles casi desiertas con poca gente que se dirigía a concluir la jornada. Afligido, agustiado y aterrorizado Cantuña veía girar en su habitación, escondidas en la penumbra, formas extrañas y diabólicas; el desdichado paseaba a grandes pasos. Suplicando al cielo.
Le pareció distinguir una voz misteriosa que lo invitava a implorar a Dios. Mientras las plegarias salían de su boca sintió como se un bálsamo que lo envolvía. Cantuña rezando se dirigió a San Francisco. Una esperanza secreta le decía que el Señor había escuchado sus súplicas. Desde un ángulo de la plaza, envuelto en una grande capa, llegó Cantuña. Le pareció ver obreros divinos que terminaban la gigantesca obra del atrio. El corazón le palpitó de alegría y un agradecimiento ferviente le salió del pecho. Vió mucha luz pero la visión se esfuma. El regreso a la realidad fue inmediato. Se había engañado. La ira lo invadió, y una blasfemia vibró en el espacio.
Pero ¿qué era aquello? ¿Un nuovo engaño?
De entre los montones de piedras salía un personaje misterioso, envuelto en una capa roja. Con el rostro oscuro, sudado y con una sonrisa enigmática dibujada en su enorme boca. Calzaba botas rojas y retorcidas. Poco a poco el fantasma se acercó al estupefacto indígena. << Cantuña – le dijo – conosco tu preocupación, sé que mañana serás en desgracia y maldito. Pero yo puedo consolarte en tu aflicción. Antes del alba el atrio será terminado. Tú en cambio firmarás este contrato. Yo soy Luzbel y quiero tu alma. ¿Aceptas? Responde>>.
El indio no dudó: <<Acepto, pero si al salir del sol, antes de los últimos retoques de la campana del Avemaría, no estará completado el atrio, si faltará de colocar una sola piedra, una sola, escucha bien, el contrato serà nulo>>.
Al día siguiente cuando empezaba a romper el alba, Cantuña se dirigió preocupado a San Francisco. La obra estaba terminando. Millones de diablitos rojos corrían como lenguas de fuego en el aire, empeñados en la construcción del atrio que se alzaba majestuoso. El pobre indio había perdido su alma. Una oración, la última llena de fe y arrepentimiento salió de sus labios, Luzbel reía.
El claror del día iniciaba. Un pálido color violeta comenzó a cubrir el firmamento, los gallos iniciaron a cantar, el sol se comenzaba a ver. Lentas, potentes y consoladoras sonaron las cuatro campanas que anunciaban la aurora.
<<¡Victoria!>> gritó Lucifer.
<<¡Victoria! – esclamó el indio – falta una piedra>>. Efectivamente, un bloque, uno solo faltaba. El alma de Cantuña se había salvado. Satanás, maldiciendo, regresó en el inferno con sus secuases. – Una versión de la leyenda narra que el astuto indio, había escondido, la piedra que determinó su victoria – . Aún hoy, a quien como yo, es curioso de leyendas, narran esta historia en el atrio de San Francisco, indicandonos un punto vago en el muro donde faltaría la piedra.
Se dice que el fantasma de Cantuña gire cada noche en el enorme atrio víctima de angustia y sufrimiento. Se dice que el esquema de la legenda es el mismo usado en la tradición occidental cuando se quiere sostener que la realización de una construcción extraordinaria es obra del diablo (una fábula similar fue también inventada para la realización de las arcos maravillosos del acueducto de Sevilla.).
De Cantuña, en el complejo de San Francisco, esiste una huella real: la capilla que lleva su nombre, como financiador de la obra.
En la disputa – encontrada en importantes disertaciones –, sobre si los dos Cantuñas sean o no la misma persona, dejo a los curiosos la libertad de consultar. Yo he consultado las indagaciones de José María Vargas . Quien conecta los tesoros incas con la realización de San Francisco.
Aquí su reconstrucción.
Cantuña fue hijo de Hualca, secuaz de Rumiñahaui. Ya que este general de Atahualpa enterró los tesoros incas, para salvarlos de la codicia de los españoles, Hualca participó en el esconder el tesoro, al incendio de la ciudad, y a la fuga hacia las montañas. Cantuña, en quel tiempo un niño, queda atrapado en la destrucción de la ciuad y abbandonado. Lo creyeron muerto; pero sobrevivió herido y maltratado, despertaba compasión. En aquel estado penoso lo adoptó un español misericordioso, un tal capitán Hernán Juárez. Que buscó valorizar las cualidades morales escondidas en el físico lacerado del pobre Cantuña; al cual enseñó a leer, escribir y la doctrina cristiana.
Don Hernán, con el tiempo cae en desgracia con graves dificultades económicas, llegando al punto de tener casi que vender la casa. Cantuña compadecido de la suerte del patrón recurriendo a los tesoros escondidos le ofreció lo necessario para recuperarse económicamente. Todo quedó secreto hasta la muerte del capitán, que designó Cantuña único herede.
Cantuña con aquella fortuna hizo innumerables obras de caridad, levantando atención y sospechas al punto de llevarlo delante a un juez. El indio se quitó el problema declarando que el tesoro dado al patrón lo había obtenido haciendo un pacto con el diablo. El caso suscitó la envidia de muchos sacerdotes que hicieron exorcismos para librar el alma de Cantuña de la demoniaca posesión
La conclusión fue que el pacto fue dado como verdadero. Los franciscanos con una parte de aquellos tesoros construyeron junto al monasterio, “una buena iglesia, dedicada a los Dolores de la Santísima Virgen, disponiendo de los fondos suficientes para mantener el culto y celebrar las fiestas de la sagrada imagen”. Aquella iglesia, llamada “iglesia de Cantuña, la levantaron como propia de los indianos”. Mas el secreto de los tesoros incas, puestos a disposición de los frailes para la construcción de su monasterio, quedó como tal hasta que el indio vivía. A su muerte, el confesor lo reveló por escrito.
A este punto, el rigoroso histórico Vargas se pone algunos interrogativos, a partir de la sepultura.
Si Cantuña murió en el 1574, la losa sepulcral puesta en el claustro franciscano “Esta es la sepultura de Francisco Cantuña y sus herederos. Año de 1669” ¿Fue éste el Cantuña de la leyenda? Y ¿entre qué años debemos ubicar la vida histórica del Cantuña que mandó construir la capilla de su nombre?

Los franciscanos entre los fundadores de Quito

Demos por descontado que ¿en Quito no se busquen los tesoros escondidos de los incas? Ya que los han encontrado los franciscanos, y, una buena parte, investidos en la realización del complejo de San Francisco. Inclusa la capilla de Cantuña, rica de arte local. (Mi amigo José, precisó que para la inminente construcción de la metropolitana, mientras en el resto del trachado se procederá con medios mecánicos como “tuneladoras”, bajo la plaza de San Francisco – donde está prevista una estación – se trabajará con palas y picos, en la hipótesis de encontrar restos precoloniales, o sorpresas, como ¿el tesoro de los incas escapado a los frailes?).
Hojeando las páginas de las leyendas quiteñas, se encuentra con el genio local: ricos, pobres, religiosos, laicos, españoles o indios, en lugar de narrar historias simples y crudas, las adornan a su modo. La verdad, sino conviene en su crudeza, es más atrayente adornarla con la fantasía.
En definitiva, a los franciscanos no les faltó sagacidad: aquel mujeriego y bebedor de Padre Almeida, fue casi elevado a dignidad de santo, digno de dedicarle un museo; se imposesaron del tesoro Inca: escavando en el terreno ya sea porque les fue concedido por el Cabildo o trámite la amistad con Cantuña (?). Como sea, para Padre Almeida y para el tesoro Inca inventaron graciosas leyendas. Geniales, al punto de burlarse del mismo diablo.
Padre Vargas, en su libro, no se limitó a juicios estéticos o a dar inventarios de bienes culturales, sino que también propuso amplias digresiones históricas. Informa que los franciscanos llegaron en antícipo de meses respecto a la fundación de la ciudad colonial: denominada San Francisco de Quito, también como homenaje a las obras por ellos realizadas .
El primer franciscano que se distinguió por operatividad fue Jodoco Ricke. (En 1928, le fue dedicada una estatua obra del escultor Mideros Almeida). A él, el Cabildo le concedió el área de la plaza, de la iglesia y del convento, agregando un congruo número de indios, puestos a su servicio. Políticamente desplegados, en apoyo al gobierno, los franciscanos arriesgaron represalias al pasar de un gobernador de la ciudad al otro. Todavía, al final, encontraron el punto para mantenerse siempre flotando, gracias a sus méritos. Como sucedió después de la derrota de Gonzalo Pizarro, caído en desgracia de frente a la corona de España, vencido y destruido por Sebastián de Benalcazar en Jaquijaguana.
Existen pruebas de las actividades y de la participación de los frailes en las questiones políticas.
Así notamos que sustentaron y educaron el hijo huérfano de Atahualpa, Francisco Patauchi. Convertido al cristianismo y hecho fraile.
En otro escrito se dice que fray Juan Griego, desde hace dieciocho años enseña en la Catedral, a españoles, mestizos e indios, la doctrina cristiana, a leer y escribir.
Otro testigo, del 1552, afirma que la instrucción y la doctrina de los nativos se conduce muy bien, por parte del obispo y de los franciscanos: en las iglesias, en los monasterios, y en los pueblos principales, con gran empeño y que en San Francisco, el día de Navidad, ha asistido al bautizo de unos cien muchachos, que conoscen bien la doctrina cristiana, y muchos otros han aprendido a leer y escribir y obervan los buenos principios vigentes en esta tierra.
En el colegio franciscano de san Juan Evangelista, la instrucción gratuita entregada a los criollos huérfanos, a los mestizos y a los indios, contemplaba: la doctrina cristiana, el canto, leer y escribir. Ya que, significaba un costo muy alto para los frailes, ellos se dirigieron a las autoridades para obtener subvenciones y donaciones que llegaron de los tributos locales, y después, de las cajas reales. Mientras tanto el colegio cambió nombre, en san Andrés. En honor al virrey marchés de Cañete don Andrés Hurtado de Mendoza, gracias a la concesión de 600 pesos para dos años. Indispensables para pagar a los numerosos maestros laicos, comprar material didáctico, para incrementar el número de maestros – adicionales a aquellos de base -: como gramática e istrumentos musicales.
Padre Jodoco realizó un internado en el colegio para la futura clase dirigente local, involucrando los hijos de los caciques regionales, que después podían ayudar a los curas doctrineros a influenciar el ambiente. Casos emblemáticos fueron: Francisco Patauchi, hijo de Atahualpa; Jerónimo Puento, hijo del cacique de Cayambe; Bartolomé Sánchez, hijo del cacique de Otravalo; Luis Guzmán, hijo del cacique de Caranqui; Pedro Henao, de Ipiales y Patosí.
El impulso dado al colegio se coronó de óptimos resultados. Muchos exalumnos se convirtieron en profesores, estimados caciques, frailes y sacerdotes. El Cabildo, entusiasta del evidente processo de hispanización, anotó: “De aquí se ha henchido la tierra de cantores y tañedores, desde la ciudad de Pasto hasta Cuenca, que son muchas iglesias y monasterios etre muchas y diversas lenguas, entre los que aprendieron la lengua española en este colegio son los intérpretes de los predicadores y florecen entre los otros es cristianidad y policía”.
El método franciscano de hispanización logró suceso. Al punto que el Rey concedió que en el escudo de la ciudad de San Francisco de Quito estuviese orlado con el cordón de oro de san Francisco en campo azul. Contemporáeamente, a los franciscanos le fue asignada la dirección de 37 escuelas de doctrinas en todo el altipiano.

Los primeros en cultivar gramíneas y producir cerveza en Sudamérica fueron los franciscanos, además de enseñar a los indios una larga lista de cosas, narradas en 1575, por padre Marcelino de Civezza. Atribuidas especialmente a padre Jodoco: “Enseña (a los indios) a arar con bueyes, hacer yugos, arados, carretas… la manera de contar en cifras de guarismos y castellano… Además enseña a los indios a leer y escribir… a tañer los instrumentos de música, tecla y cuerdas, sacabuches y chirimías, flautas y trompetas y cornetas, y el canto de órgano y llano… Como era astrólogo debió alcanzar cómo había de ir en aumento aquella provincia, y anticipándose a los tiempos advenideros, y que habían de ser y menester los oficios mecánicos en la tierra, y que los españoles no habían de querer usar los oficios que supiesen: enseña a los indios todos los géneros de oficios, los que deprendieron muy bien, con los que sirve a poca costa y barato toda aquella tierra, sin tener necesidad de oficiales españoles… hasta hoy perfectos pintores, y escritores, y apuntadores de libros: que pone gran admiración la gran habilidad que tienen y perfección en las obras que de sus manos hacen, que parece tuvo este fraile espíritu profético… Debe ser tenido por inventor de las buenas artes en aquellas provincias. Es a fray Jodoco a quien todo esto se debió”.
Fray Jodoco fue hábil y hacía de todo, pero seguramente no podía realizar todo aquello que le fue atribuido sino hubiese contado con el apoyo de otros frailes, capaces y tenaces como él. Así guiando un buen número de indios instruidos por los mismos frailes (en el utilizo del carro trainado de los bueyes, en la extracción de las piedras en la cantera sobre el Pichincha, para utilizar en las construcciones piedras perfectamente cortadas), realizando una del las primeras maravillas architectónicas del Quito colonial. De la cual Vargas hace un detallado informe: desde los arquitectos proyectistas, a los autores de las obras de arte, con la misma meticulosidad aplicada a cada obra religiosa.

El gallito de la Catedral

Al menos un par de veces, la mañana, salí con la idea de visitar la Catedral, encontrándola cerrada. Una tarde la lectura de Padre Vargas, satisfizo ampliamente mi interés artístico.
A excepción de la historia del gallito sobre techo de la Catedral, rodeado de una leyenda, que encontré en las tradiciones de la ciudad – recopilación de Edgar Freire Rubio – en el capítulo: La venganza del gallito de la Catedral .
La narración es de Guillermo Noboa, trasmitida por los octogenarios en el barrio de santa Catalina.
Cuentan las hazañas de don Ramón Ayala Sandoval; musculoso y valiente, aficionado a la vigüela y a las deliciosas mistelas alcólicas que hace mucho tiempo preparaban las delicadas manos de la bella y dulce “Chola Mariana”. Esto no tenía nada de raro, hasta que en las aventuras de don Ramón intervino el gallito de la catedral. Que, cuando niños, a los octogenarios había despertado curiosidad y admiración, por su espléndida arrogancia sobre las cúpulas y los techos coloniales del viejo templo metropolitano.
Don Ramón conducía una vida sujeta a rígidos horarios, honrrando sus cuarenta años de soltería. Se alzaba a las seis de la mañana, usaba un gran poncho de bayeta, cruzaba los corredores de su amplia casa solariega, rodeada de espléndidas flores, dirigiéndose al patio o al huerto, donde cacareaban las gallinas y una robusta vaca negra amarrada a un palo, esperaba pacientemente el ordeño; mientras el ternero en vano intentaba librarse de la cuerda que lo sujetaba. Naturalmente, cuando don Ramón se presentaba, la servitud se apresuraba a servile una escudilla llena de la mejor leche, “la postrera”, a la cual había vertido unas gotas de un buen licor. Después, don Ramón dava ordenes al indio que cuidava la casa; paseaba por el gallinero, el jardín y la huerta, fumando un buen cigarro; para dirigerse luego al comedor y desayunar un buen plato de lomo asado, papas y dos huevos fritos, terminando con una exquisita taza de chocolate, un dulce y un delicioso queso fresco. Satisfecho el estómago, don Ramón pasaba a la biblioteca; que conservava más como recuerdo de sus nobles antepasados, que como medio donde distraer su desocupado e inquieto espíritu. Allí meditaba en lo bella que era la vida y en la gratitud a quienes le dejaron una hacienda saneada y productiva. Siguiendo su diaria costumbre, invitaba al maestro de capilla de la Catedral, o al señor escribano, u otras ricas amistades con quien almorzaba en abundancia, el tema preferito era las debilidades de las ricas familias, despidiéndose muy afablemente. Dedicaba una hora a la siesta, un masaje con agua perfumada y a las tres de la tarde salía a pasear por la ciudad demostrando elegancia y salud. Paso a paso se encaminaba a la Plaza Grande y llegaba al pretil de la Catedral se paraba y con gesto desafiante, miraba al gallito sobre la cúpola exclamando con despectiva sonrisa: <<¡Que gallito! ¡Que disparate de gallito!>> y proseguía su camino por la calle de santa Catalina y entrava en casa de la chola Mariana. Muy frecuentada por lo señoritos que gustaban buenos licores. Don Ramón era uno de los más asiduos clientes de la chola, cuya belleza era objeto de envidia entre las aristocráticas.
El sol inundaba la fachada blanca de la casa de la bella Mariana, hasta cuando las campanas de las iglesias cercanas daban el primer repique llamando a los devotos para las plegarias de la tarde. Casi al instante, todos los días con rarísimas excepciones, una voz de trueno salía de aquella casa. Tanto que los tranquilos pasantes se detenía a hablar de lo que sucedía. << ¡El que se crea hombre, que se pare enfrente! ¡Carajo! ¡Que para mí no hay gallitos que valgan! ¡Ni el de la Catedral! ¡¡¡Ni el de la Catedral!!>>
Era don Ramón que había exagerado con las deliciosas mistelas de la bella chola Mariana. El noble descendiente salía del grato refugio con las mejillas encendidas, y disparando palabrotas sin medida. Pero arreciaba su coraje cuando llegaba al pretil de la Catedral, y veía el gallito con la cresta erguida y como listo para picar al primero que lo mentara.
Don Ramón no soportaba que un gallo lo superase en coraje, y daba lugar al más tremendo de los escándalos. Las señoras amantes de las oraciones, escuchando las palabrotas de don Ramón, se santiguaban y huían como si vieran al mismo diablo. Era necesario que el sacristán de la Catedral abandone los servicios religiosos y salga a calmar su amigo. En realidad, era el único capaz de calmarlo y alejarlo de sagrado lugar.
Aquella escena se repetía todos los días. En vano un respetable político amigo de don Ramón le suplicó que se modere y evite aquellos repetidos escándalos; en vano el sacristán; el escribano y otros de sus más íntimos amigos le pedían que evite las bravatas contra el gallo de la Catedral, que lo ponía en ridículo de frente a los presentes. En vano un encargado de la Curia itentó convencerlo a arrepentirse. Hasta una monja de santa Catalina, prima suya, intervino suplicándole de cambiar vida y reparar sus errores. Sin éxito alguno. Porque para don Ramón las mistelas de la chola Mariana eran irresistibles, mientras consideraba el gallo de la Catedral su peor enemigo.
Un día sucedió que don Ramón bebió más de lo ordinario, de regreso a casa, agitado como siempre, se encontró delante al pretil de la Catedral, que eran las ocho. A la luz de los faroles colgados de las altas paredes del templo, vió que de entre las anchas columnas del centro, salió como siempre la figura del gallito amarillo entre las cúpolas. A medida que don Ramón avanzaba el gallo crecía exageradamente de grandeza. Cuando estuvo muy cerca, y don Ramón estaba listo para gritarle: <<¡Para mí no hay gallitos que valgan! ¡Ni el de la Catedral!>> se le atragantaron las palabras. El gallo, alzó su enorme pata, raspó con la espuela las piernas del noble, que cayó pesadamente al suelo. Después, enojado, con el pico dió un feroz golpe en la testa, haciéndole ver un mundo de centellas. Aterrorizado, don Ramón pensó a la triste situación en que se encontraba y sin avergozarse suplicó al furioso animal que le perdonara todas las ofensas recibidas.
Fue mayor su sorpresa cuando el gallo, abriendo un pico enorme, le dijo con voz ronca estas frases terminantes: <<¿Me prometes que no volverás a beber las mistelas de chola Mariana, ni de ninguna otra?>> <<¡Lo prometo!>> esclamó asustado el varón. <<¿Prometes no injuriar nunca más el gallo de la Catedral, y tampoco ningún otro ser humano?>> << ¡Lo prometo! ¡No tomaré agua, ni menos licor! >>. En aquel momento el gallo juntó las patas y alzando cerimonioso el pico, dijo: <<Levántate pobre mortal, cuidado que si vuelves a tus faltas, te esperaré en este mismo lugar para dar fin a tu vida>>. Después desapareció. Quedando el misterio del terrible acontecimiento.
Muchos pensaron que el autor del encantamiento fue el sacristán de acuerdo con el escribano. Algunas devotas de la Catedral creían era obra de los espíritus.
La verdad es que don Ramón llevó una vida de recato y sin volver a tomar ni una gota de aguardiente o de inocentes mistelas.
Un día se le antojó pasar delanate a la casa de la chola Mariana; mientras pasaba los invitantes colores de las mistelas hicieron que casi entre. Pero la fuerza de carácter y el recuerdo de lo sucedido le detuvieron.
Casualmente, encontró su amigo, el escribano. <<¡Hombre! – dijo mientras abrazaba a don Ramón – mereces un premio, por defender la dignidad de tu nombre olvidando para siempre el vicio de las mistelas>> y se alejó.
Don Ramón pensaba a la historia del premio. <<¡El premio! – exclamó tras una breve reflexión – ¡un bien merecido premio! ¡He demostrado a la sociedad la integridad de un Ayala! ¡He demostrado que si un Ayala promete una cosa, la cumple a la letra! ¡He provado de ser un verdadero hombre! Por lo tanto, merezco un premio, ¡que carambas! – continuó don Ramón – el mejor premio será una copita de mistela. ¡Solo una!>> Divagó por un momento, y entró donde la chola y ahí se quedó.
Al toque de la oración, la figura de don Ramón se dirigía nuevamente directa al pretil de la Catedral, y su voz tonante volvió nuevamente a gritar: <<¡El que se crea más hombre, que se pare enfrente! ¡Para mí no hay gallos que valgan! ¡Ni el de la Catedral! ¡Carajo! ¡Ni el de la Catedral!>>
Estaba probado: ¡Don Ramón no tenía remedio…!

La Capilla del Robo

Encanta el placer quiteño hacia las metáforas, las paradojas, la ironía con las personas sin tener en cuenta el vestido: noble, sacerdote, monja, prostituta, negro, blanco, mestizo; sin excluir de la ironía objetos profanos o sagrados, como las capillas.
Durante la breve permanencia visité la Capilla del Hombre: una ventana artística hacia los sufrimientos del hombre en particular modo en el siglo XX; la capilla de Cantuña: relacionada a la sagaz leyenda para justificar la recuperación de los tesoros incas; y finalmente, me encontré en la Capilla del Robo .
La descubrí en la narración del 1851, de Ernest Charton.
La capilla se encuentra al margen del centro histórico, cerca de la quebrada de Jerusalén. En un paisaje extraño, cargado de recuerdos terribles: a cada paso del viajero en el famoso barrio, se cuentan leyendas aparentemente tomadas de las supersticiones indígenas o de los anales del crimen. De todas estas historias, las más dignas de fe son las que se refieren a los numerosos robos cometidos por los indios, entre peñas y matorrales.
Se dice que un hombre rico y de carácter original, que compadeciéndose de los indios caídos en el camino del male a causa de la miseria, pensó en costruir la Capilla del Robo y financió misas para salvar sus almas.
Singular es la explicación del nombre atribuido al pequeño y elegante oratorio.
Según una tradición muy autorizada, hace muchos años un monje escapó de un rico convento de Quito. Colgó los hábitos, como se dice vulgarmente, y cambió nombre. Se disfrazó y entró en la sociedad bajo falso título y con inmensas riquezas, se rodeó de lujo, prodigó el oro a su alrededor y se lanzó desfrenadamente en el sendero de las pasiones. Aquella vida desordenada no tardó en arruinar su salud. Próximo a la muerte, llamó un sacerdote y confesó que, en otra época, en el convento robó a una Virgen todas las joyas que la adornaban: prendiendolas de una en una las había sustituido con copias falsas. Escondió las piedras, de valor inestimable, bajo una roca en la quebrada de Jerusalén.
Tras la confesión, murió.
En el lugar indicato, se encontraron aún un gran número de diamantes. En recuerdo y expiación de aquel sacrilegio se construyó una capilla: la Capilla del Robo.

¿Quito libertina?

Quito no esconde historias de pecados y pecadores. Más bien las “ajusta”. Por ejemplo en los arrepentimientos, frecuentemente, en proximidad a la muerte, los confesores se encargaban, a propia discreción, de hacer pública esta o aquella versión de los hechos, o de los errores. Post mortem. Como sucedió con Padre Almeida, Cantuña o el monje de la Capilla del Robo.
Pero no siempre los recuerdos son “manipulados”, especialmente si exhumados por los históricos, que no especulan sobre los designios divinos sino sobre la naturaleza humana. Así riemergen nudas y crudas historias de codicia, riquezas, privilegios (acumulados sobre las espaldas de los pobres indios, inútil repetirlo), lujuria, y vía diciendo.
Por lo tanto, incuriosido de Núñez, en el capítulo Quito lujuriosa , como admirador de los libertinos, he pescado algunas cosas.

Proveniendo de una sociedad tradicionalista, donde la iglesia perseguía como crimen religioso cualquier forma de libertad sexual, soldados y frailes encontraron en el Nuevo Mundo el puesto adapto para satisfacer los más inconfesables instintos: la codicia y la lujuria.
Después de los viajes de Colón, corrió velozmente la noticia en toda España sobre los placeres que ofrecía el Nuevo Mundo: clima cálido, poblado de gente desnuda y polígama.
La fantasía de los hombres medievales se nutrió rápidamente de la ilusión de escapar de una educación sexualmente represiva. Con la iglesia cristiana que se empeñó en primera línea a destruir aquel “pecado”.
En neto contraste con los hermanos religiosos, el brillante fraile Castellano don Juan Ruiz escribió en su Libro del Buen Amor: “Como dice Aristótiles, cosa es verdadera: el mundo por dos cosas trabaja: la primera, por aver mantenencia; la otra cosa era por aver juntamento con fembra plazentera.”. Aunque si el gozador Arcipreste de Hita, amante delicado y fino conquistador de corazones femeninos, jamás se le habría ocurrido obtener los placeres sexuales con la imposición y la violencia con las mujeres de los pueblos conquistados, como hicieron – como regla general – sus compatriotas un siglo y medio más tarde de su libro.
Salvo raras excepciones, los abusos fueron cometidos con la tolerancia y la complicidad eclesiástica, además que muchos religiosos aventajaban a los soldados en lujuria y desenfreno. Como testimonia el cronista Waman Puma: “… (por la noche) rrondando y mirando la güergüenza de las mujeres casadas y doncellas y hombres principales. Y andan rrobando sus haziendas y formican a las cazadas y a las doncellas las desvirga. Y ací andan perdidas y se hacen putas y paren muchos mesticillos y no multiplica los indios”.
Y, a propósito de la insaciable lujuria sacerdotal, que se aprovechaban de su ministerio para gozar libremente de los placeres carnales, agregó Puma: “Los dichos padres de las doctrinas tienen unas yndias en las cocinas o fuera de ella que le cirve como su mujer casada y otras por manseba y en ellas tiene beynte hijos, público y notorio. Y a estos hijos mestizos les llama sobrinos y dizen que son hijos de sus ermanos y parientes.” El cronista peruano va más allá, incluyendo un sermón de uno de aquellos sacerdotes que usaba el púlpito para preparar anímicamente a las vítimas de su lujuria: “Si te fuerza un yana (indio), das a luz un oso. Si un mulato te forzara, darías a luz un mono. Si un mestizo te fuerza, das a luz un indio mitayo. (Pero) si un español te fuerza, das a luz a un niño muy bonito.”
El Estado español, conocedor del fenómeno pernicioso, intentó intervenir en protección de las indígenas, mas fracasó reiteradamente a causa del comportamento de los adelantados, cómplices y protagonistas en las violencias. Fue incluso legalizada la prostitución, pensando de reducir los abusos.
Con la consolidación colonial, las autoridades metropolitanas convertidas al moralismo de fachada pusieron fuertes sanciones contra las prostitutas y sus clientes.
Mas Quito, capital de la Real Audiencia, se reveló irreductible a las disposiciones moralistas de la metrópoli. Los mismos españoles habían creado en la ciudad un tal clima de liberdad sexual, que terminó por contagiar también los sectores sociales subtalternos, creando una suerte de cultura del amor libre. Ya en el XVI siglo reinaba en la capital esa libertad de costumbres.
Algunos ejemplos: “El licenciado Auncibay fue acusado de cinco o seis adulterios con la gente “más granada de Quito”. Incluida la segunda esposa de viejo conquistador; contador y encomendero Francisco Ruiz, y de otros “siete u ocho desfloramientos de doncellas”; “no ha dejado negras e indias de quien tiene hijos ni mujeres viudas con quien no haya tenido acceso carnal”. Su casa, con cuatro deudos y tres criados, fue definida por el presidente Barros: “escuela de vicios y carnalidades”; doña Magdalena de Anaya, viuda de don Cristóbal Colón y mujer del oidor Venegas de Cañaveral, fue clasificada por este presidente de “libre y licenciosa”; el oidor Hinojosa “vivió como un Eliogabalo” (sic); el presidente Narváez murió teniendo a su manceba al lado; el fiscal Morales Tamayo se vió involucrado en “adulterios y virginidades” y el fiscal Peralta mató a su mujer y al joven encomendero Diego Martin Montanero, al encontrarlos en adulterio”.
En el siguiente siglo colonial, que fue el de gran producción textil y de mayor riqueza económica en Quito, también se acentuó la liberdad de costumbres.
La aristocracia colonial, formada por ricos obreros, encomenderos y comerciantes, y la creciente chusma citadina – artesanos, pequeños comerciantes, pulperos , arrieros, sirvientes de casa grande, etc. – aportaron un espíritu musical y festivo, que se transformó en verdadera cultura urbana, distinguiendo esta ciudad de las otras.
Una cultura en la que confluían y se entrelazaban picardía y beatitud, libertinaje y religiosidad, el festejo nocturno y la ceremonia religiosa, amor furtivo y formalidad matrimonial. Una doble moral que ocultaba, detrás de una imagen de ciudad pacifida y franciscana, la pícara faz de una ciudad hedonista, que vivía a las sombras de la noche la humana liberdad que el colonialismo encadenaba durante el día.
En el barrio de san Marcos, grupos de serenateros. En san Roque, las cantinas de la “Esquina de las Almas” y de la “Esquina de la Cruz Verde” abrían sigilosamente las puertas solo a clientes conocidos. A Mama Cuchara, los alegres frailes dominicanos competían con los jóvenes del pueblo en cantos y bailes. En el Tejar Bajo, en la casa del oidor se riunían aristocráticos, donde la anfitriona, una bella chilena peliroja enseñaba los conquetos pasos de la danza cueca. Así aquel ritmo austral entró en la cultura popular quiteña, tanto que quel barrio terminó por llamarse “de la chilena”.
En el siglo XVIII, Quito era un famosa “ciudad alegre”, a la que Jorge Juan y Antonio de Ulloa le dieron fama universal con el libro “Noticias segretas de América”. Estos dos famosos militares y científicos españoles, que llegaron en marzo del 1736, parte de la Misión Geodésica Francesa, revelando al mundo la existencia de una recoleta ciudad andina en la cual las noches se trasformaban en una especie de Sodoma y Gomorra.
Los dos observadores anotaron que el vicio más generalizado en la sociedad quiteña era el concubinaje. Al punto de transformarse en un hábito social practicado por personas de todos los estamentos, razas y condiciones: “… comprendidos europeos y criollos, solteros, casados, eclesiásticos laicos y religiosos…”. “Es tan común el vivir las gentes de (Quito) en continuo amacebamiento que… llega a hacerse caso de honra, y así, cuando algún forastero… no entra e la costumbre del país, es notado, y atribuida su continencia no a tal virtud sino a efecto de miseria y economía y creen lo hace per no gastar”.
El escándalo mayor causó la vida libertina de los religiosos que pudieron observar en modo directo y a los cuales atribuyeron buena parte del la inmoralidad reinante, pensando que el mal ejemplo eclesiástico había contaminado toda la sociedad colonial y sentado las bases para una libertad general cercana a la amoralidad. “Las liberdades con que viven en (aquel país) los religiosos son tales que ellas mismas abren las puertas al desorden. Del mismo modo en las ciudades pequeñas, en las villas o en los asientos, los conventos están sin clausura y… viven los religiosos con las concubinas dentro de sus celdas… imitando a los hombres casados… Es (muy) poco o ninguno el cuidado que ponen estos sujetos en disimular esta conducta… Siempre que viajan, llevando consigo la concubina, hijos y criados, van publicando el desorden de su vida… Mas lo que se hace más notable es el que los conventos estén reducidos a públicos burdeles… o pasen a ser teatros de abominaciones inauditas y de los más excecrables vicios.”
En el generalizado erotismo, un rol particular lo jugó el baile del fandango: derivación de un ritmo andaluz, bailado al toque de panderetas. Se decía que en él no había “culpa abominable que no se cometa ni indecencia que no se practique”, al ritmo del fandango.
Juan y Ulloa dijeron de este festejo: “La mayor parte de los desórdenes, o todos los que se cometen en los fandangos disolutos,… no parecen que son sino invenciones del mismo espíritu maligno. … Estos fandangos o bailes son regularmente dispuestos por los individuos de las religiones… Estos hacen el costo, concurren ellos y, juntando a sus concubinas, arman la función en una de sus mismas casas, luego que empieza el baile esmpieza el desorden en la bebida del aguardiente y mistelas, y a proporción que se calientan las cabezas va trasmutándose la diversión en deshonestidad y en acciones tan descompuestas y torpes que sería temeridad el quererlas referir a poca cautela el manchar la narración con tal obsenidad.”
Bajo la misma óptica, analizaron finalmente la conducta de las quiteñas: poco interesadas al matrimonio, en cambio muy proclives a establecer relaziones de amor libre, siempre que el potencial amante les garantizase una relación estable y duradera. “No es normal en (Quito) haber mujeres públicas o comunes, cuales las hay en todas las poblaciones grandes de Europa, y… tampoco lo es que las mujeres guarden la honestidad que es correspondiente a las que no se casan, de suerte que, sin haber rameras, está la disolución en el más alto punto a donde puede llegar la imaginación. Porque toda la honradez consiste allí e no entregarse profanamente a la variedad de sujetos que las soliciten, y ejecitándolo señaladamente con uno u otro no es ni desdoro ni asunto de desmerecer. Así sin reserva o repugnancia, condescienden en la solicitudes cuando son acompañadas de alguna prueba de seguridad en la permanencia, lo cual se reputa entre aquellas gentes, a poca diferencia, por lo mismo que el matrimonio…” Detallando, analizaron la liberdad sexual de las mujeres según su condición étnica y social. Las metizas y mulatas encontraban que eran absolutamente desenfadadas y estaban prestas a cualquier relación ilégitima, tanto más si esto les ayudaba en sus proyectos de ascenso social: “Se dan generalmente a la vida licenciosa – decían – aunque entre ellas no es reputado por tal, mediante el que se miran con indiferencia el estado de casarse con sujeto de su igual al de amancebarse … (y) tienen por más bonífico esto último cuando consiguen en ello ventajas que no podrían lograr por medio del matrimonio”. Agregaban que las mujeres del pueblo no eran las únicas que mantenían tales hábitos de vida, sino que también los practicaban aquellas que salidas “enteramente de la raza de indios o de negros, ya se reputan y están tenidas por españolas…”
Y se mostraron sorprendidos de la naturalidad con que el concubinato era aceptado en la sociedad quiteña, al punto que: “se celebran los adelantamientos de los concubinos públicamente por las mujeres que les pertenecen, y cuando un religioso ha conseguido dignidad de las de su religión, recibe parabienes su concubina, como interesada en el nuevo honor. A proporción de estas, todas las demás, como que en ello consiguen mayor ingreso, que es lo que desean”.
Medio siglo después, la situación no ha cambiado, como lo prueba un escándalo ocurrido en Quito hacia fines de 1785, en el que aparecieron enredados frailes y prostitutas.
Sucedió que don Pablo de Unda y Luna elevó denuncia al Ministro de Indias, don José de Gálvez, acerca de que “el Provincial de los frailes de San Agustín llamado fray Nicolás Saviñón, siguiendo en su vejez con tenacidad una vida abandonada a la prostitución venérea, ha puesto al Tribunal de esta Real Audiencia en la necesidad de desterrar de este pueblo a una muxer de su torpe trato; no obstante de esto, él permanece en buscar otras y otras de la misma naturaleza; con cuia conducta tiene en alteración a su comunidad, y en escándalo a la ciudad”.
Ante esta denuncia, el ministro ordenó que el presidente Villalengua informase sobre la situación y conducta del mencionado religioso, ricibiendo una respuesta evasiva, calculada para calmar las inquietudes del monarca y evitar una sanción al fraile. Ante la respuesta, el rey no quedó convencido de la repentina rehabilitación moral del fraile agustino.
Pocos años después, a inicios del siglo XIX, llegada a Quito la expedición científica presidida por Alejandro de Humboldt, a la que luego se integró el joven botánico de Nueva Granada, José de Caldas. Estos extranjeros encontraron que Quito seguía siendo una ciudad libertina, con la cultura del amor libre radicada en todos los estratos de la sociedad colonial. Sus mismas expediciones científicas se convirtieron en alegres paseos, a los que concurrían particularmente los hombres y mujeres jóvenes de la alta sociedad, que aprovechaban la ocasión para comer, beber y amarse gozosamente al aire libre.
Horrorizado, el pobre Caldas escribió a su familia: “El aire de Quito está viciado. Aquí no se respiran sino placeres. Los escollos de la virtud se multiplican y parece que el templo de Venus se hubiera trasladado de Chipre a esta parte.”
El barón de Humboldt, más maduro y mundano, se limitó a consignar en sus memorias de viaje: “En ninguna ciudad he encontrado, como en esta, uno ánimo tan decidido y general de divertirse”.

El machismo

Como el barón de Humboldt, no encontraría nada de mal si la pasión quiteña hacia la diversión hubiera llegado hasta nuestros días. Purificada de los excesos denunciados por su joven acompañador, cuyo juicio va tomando con cietrta riserva, ignorando sus generalizaciones como: “parece que el templo de Venus se hubiera trasladado de Chipre a esta parte”.
Quito y la sociedad ecuatoriana no viven en el árcade aislamiento de un tiempo. Por lo tanto, se debe suponer, que la relación entre los sexos hubiera seguido la evolución influenciada por nuevos factores sociales, económicos, y de los persuasivos medios de comunicación de masa, que en gran parte han sustituido los “educadores” de un tiempo. Si bien, hacen pensar ciertos fenómenos relacionados a los atropellos masculinos sobre el sexo femenino.
A propósito, recogí una historia que ha causado mucha indignación, incluso a quien la ha narrada.

No mucho tiempo atrás, en Madrid, marido y mujer ecuatorianos por la vía discutían acaloradamente. Hasta que el hombre golpeó la esposa. Una persona, escadalizada, intervino reprendiendo al cónyuge abusivo. Pero la pobre mujer, en lugar de agradecer la solidaridad, invitó al extráneo a no entrometerse, ¡porque era justo que el marido la golpeara!
Según mis amigos ecuatorianos, no raramente en las familias se repiten violencias del hombre sobre la mujer en una secuencia interminable. Los hijos barones, viendo maltratar las madres, a su vez se hacen violentos con sus compañeras. El fenómeno indigna, y por lo tanto, no lo podía ignorar.

Pilar confirma que esta realidad es muy frequente en las comunidades indígenas, donde la mujer viene considerada propriedad del marido: el cual tiene todos los derechos sobre ella, incluyendo aquello de maltratarla; debiendo incluso llevar sobre sus hombros, físicamente, el peso de la gestión familiar. Sucede que es ella que utilizando como strumento fundamental la chalina lleva cargando: los niños y, con frecuencia junto a ellos la leña, hierba para los animales, sacos de papas y otros productos. Y así es “normal” encotrar – al margen de las vías, en los mercados y especialmente dentro los pueblos – mujeres con una gran carga sobre la espaldas mientras los hombres junto a ellas caminan libres, y con las manos vacías.
Cuando era niña, a Pilar, la madre le narraba que a menudo, su hermano, sacerdote, (el tío curita) asignado en pequeñas parroquias rurales, invitaba a los hombres a tratar con mayor respeto y consideración las mujeres de la casa (esposas, madres e hijas); pero aquella “tradición” fuertemente radicada era difícil vencer.
Por fortuna mucho se está moviendo, gracias al hecho que jóvenes y adultos van a escuela. Si se considera que hasta 1974 el analfabetismo era del 25,8% y que el día del la inauguración del año académico 2009 – 2010 el Ecuador fue declarado por la Unesco País libre del analfabetismo, contando actualmente con un nivel de analfabetismo del 6.8% .

Hablando del fenómeno de la violenza doméstica, recogí una fábula triste de un pasado no lejano: “La bella Aurora”. Convertida en espectáculo teatral.
Aurora, joven y bella de familia rica, un día va a la corrida acompañada del padre. (En pasado las mujeres, salían de casa, sólo si en compañía de un hombre de la casa: padre, tío, marido, enamorado o de una señora). El toro, llegando a la arena, punta decidido hacia Aurora sentada en el palco. El animal salta los obstáculos y cuando está por alcanzar la joven, ella escapa. Cuando llega a casa, se esconde bajo la cama. El toro, la sigue hasta dentro casa, sale al segundo piso y asesina la doncella mientras duerme.
La historia se inspira en un hecho que tuvo lugar, en la casa número 1028, de Chile y Guayaquil. Solo que, en lugar del toro, la joven fue asesinada por el padre que abusaba de ella sexualmente.

En otro fenómeno de machismo, donde también se hace ver la fantástica ironía ecuatoriana.
Las muchachas solteras que quedan embarazadas, con frecuencia del propietario de la hacienda donde trabajan, a la pregunta: “¿Quién fue?” en la costa responden: “Tin Tin”. Hombre bajo, con grandes testículos y un enorme sombrero en la cabeza. En la sierra, en cambio, responden: “Inaghuilli”. Hombre muy semejante a Tin Tin.
La falsa ingenuidad, puesta en la boca de las jóvenes no vírgenes sin marido, recuerda las antiguas sociedades precolombinas en las cuales – los pueblos tenían una forma de organización comunista – donde se condividían los terrenos, las cosechas, el producto de la caza y los hijos, que prácticmente venían adoptados de toda la comunidad y crecían juntos.

Diversiones

Regresando a Humboldt hombre de mundo, con relación a las diversiones quiteñas, puedo decir que en poco tiempo, fui capaz de apreciar la oferta en mínima parte.
La actual metrópoli vive contradicciones y tribulaciones comunes a las grandes ciudades de todo el mundo –aunque si con matices diferentes-: desocupación, droga, empleos precarios, microcriminalidad principalmente en los estratos más pobres, y particularmente en algunos barrios marginales.
En Quito la gente es trabajadora; existe un gran empeño cultural y civil entre los jóvenes estudiantes y maestros; importante es también la apertura hacia el extranjero y a los problemas del mundo. Se nota amor hacia la propia ciudad en lo relacionado con los temas ambientales; sobre la calidad de la vida; la situación istitucional e infrastructural de la ciudad: universidades, museos, centros culturales y parques; y en el recuperar la memoria histórica. También en el campo de la antropología – en el respeto de las diferentes tradiciones del pasado que sobreviven – cultura y tradiciones de las personas de la selva, del altiplano y de la costa. El Ecuador ofrece una amplia gama de condiciones humanas: hay quien vive casi al estado natural en la selva amazónica; encontramos tabién los descendientes de los esclavos negros, deportados en Ecuador en las plantaciones agrícolas principalmente en la costa; las diversas poblaciones indígenas; habitantes de ascendencia europea; etc. etc. En cada región persisten antiguas tradiciones rurales, artesanales, religiosas, medicinales y musicales. Sobrevive el chamanismo, en varias áreas ecuatorianas. El Estado mismo organiza la dispensación de curaciones derivadas de la medicina tradicional.
Solo como ejemplo, sobre las tantas tradiciones que sobreviven, recuerdo: la danza espectacular de “El Diablo Huma”, en el altiplano central, en los días del Corpus Christi. (Sin andar en los Andes, encontrándose en París, se pueden observar los indumentos que visten los danzantes de aquella fiesta) . O una reelaboración de esta antigua danza, en un baile moderno, la “Jacchigua”. Alegoría de la cosecha de los productos de la tierra, celebrada con danzas en la plaza y ricas libaciones. Con fecuencia sin medida. A veces incluso con muertes por exceso en el consumo de alcohol. Una especie de rave party ante licteram. (He inserido esta semejanza atrevida, una vez que descubrí el significado de rave, del inglés to rave: entusiasmarse, delirar, desvariar). En Internet, también encontré una asociación nacida para criticar dicha fiesta, señalándola como ‘comunista’.
El pueblo que se abandona a los festejos desenfrenados ha sido siempre criticado y censurado, no solo de los preceptores morales, sino también por los patrones y los reaccionarios.

No faltan parques temáticos, cines, restorantes, pubs, bares, locales de baile (desde las más tradicionales salsatecas a las más bulliciosas discotecas), parques termales (Termas de Papallacta), con piscinas y juegos acuáticos. Algunos barrios son famosos por la vida nocturna, como La Ronda, con música y espectáculos al abierto; o como la Mariscal Sucre, la zona de los gringos, debido al gran numero de extranjeros en giro.
Existe un lugar particular, la peña, donde se hace música en vivo, con frecuencia a los grupos o cantantes más o menos famosos, se unen los presentes; único límite es saber cantar o sonar bien, y la diversión está asegurada.
Las guías turísticas ofrecen gran cantidad de sugerimientos en cuanto a “diversiones”. Debido a la falta de tiempo, en mi permanencia pasé fugazmente solo en algunos lugares. De lo que he visto, puedo decir que en Quito no se aburre.

La Mitad del Mundo

No lejos de Quito, se encuentra la así llamada Mitad del Mundo. La línea ideal del ecuador de la tierra identificada, en 1736, por la expedición geodésica francesa guiada por Charles Marie de la Condamine.
En la explanada – a los pies de una columna de treinta metros en piedra, coronada por un un globo de metal – surge una pequeña ciudad turística en completo estilo colonial, donde un pabellón revive el evento histórico de la medición de la Tierra; que, dio lugar a algunas novedades como: la definición del sistema métrico decimal; demostró que nuestro planeta no es perfectamente esférico, sino que se presenta abultado en la zona ecuatorial; que aquel país, antes definido con diferentes nombres, tomó el nombre de Ecuador.
La estructura en piedra cuenta con un ascensor que conduce al mirador puesto bajo el globo metálico (que está orientado en modo correspondiente a la real posición de la Tierra); luego, el itinerario, prevé bajar una escalinata y así simultánemente se observan reconstrucciones de escenas históricas y naturalísticas de cada región del país.
Con un dólar y medio recibes un simpático pergamino que certifica tu pasaje en aquel lugar particularmente visitado. Dispuesto en modo agradable, sin que los comercios llenos de souvenirs y pequeños restaurantes disturben la visión, mientras la mirada queda irremediablemente disgustada del enorme edificio en construcción: la sede de un organismo de cooperación entre los estados sudamericanos.
Son los daños provocados de la retórica política que, en aquel caso, queriendo legar la función asociativa entre los Estados con un sitio emblemático, ha plantado en un ángulo encantador de los Andes el primer vagón vergonzoso de un tren, al que sin duda seguirá una urbanización pesante de edificios accesorios, como es fácil prever. Extendiendo hasta allí los ya enormes tentáculos urbanos.
Este es el centro del mundo para los turistas.
Mas, la verdadera ubicación de la línea del ecuador (00 grados, según la indicación del GPS) corresponde a un sagrado lugar indígena llamado Catequilla. Construido más de mil años atrás. Ubicado en una loma sobre el lado opuesto a la estatal, respecto a la Mitad del Mundo, a cerca 200 metros.
Entre las curiosidades, en la Mitad del Mundo, se encuentra el Museo Solar Intiñan, dedicado a la geografía astronómica y al ‘reloj solar’, instrumento único realizado en 1865, que señala la exacta hora astronómica convencional, además de indicar el mes, el día y la estación; funcionando solamente con los rayos solares.

Quien desease observar de cerca el típico paisaje andino, a pocos kilómetros de distancia se encuentra la Reserva Geobotánica Pululahaua, en el extinto homónimo volcán. Cuando el volcán colapsó, en tiempos remotos, dejó una inmensa caldera profunda cerca 400 metros y ancha 5 kilómetros. El valle al fondo del cráter es fértil, y utilizado en la agricultura. Donde se dice que los habitantes gocen de óptima salud, tanto de no necesitar el médico de familia.
Desde el Mirador de Ventanillas (que toma el nombre de los vientos cargados de humedad que llegan desde el Pacífico), una ligera neblina no impidió la vista de aquella maravilla natural, trasformada por el hombre en dulce edén. En las paredes empinadas que circundan el pequeño valle, la flora espontánea hospeda muchas especies de aves.
Cerca al Mirador de Ventanillas, una construcción en forma de castillo recrea un templo inca, en el cual se encuentran expuestos objetos precolombinos.

El jardín botánico

De regreso a la ciudad, habiendo atormentado José con mis curiosidades naturalísticas insatisfechas, me condujo al Parque de la Carolina a visitar el Jardín Botánico. Deseaba gozar los detalles de la flora indígena que, si bien presente en el paisaje del Pululahua, no era cierto allí bajo la punta de la narís.
¡Ahjá! otra sorpresa de Quito.
No obstante la pequeña superficie, el Jardín Botánico está bien organizado. Una guía explicó lo que nos esperaba en el itinerario: flora presente en el Ecuador, en zonas húmedas y áridas; o desde la montaña a la llanura. Una precisa síntesis naturalística obtenida de catorce áreas de biodiversidad ecuatorianas.
Inició así una visita dentro la característica del Zen. Entre plantas, flores y espejos de agua, en el silencio claustral. Respetado también de los otros visitantes.
El itinerario se presenta voluntariamente tortuoso para dar el tiempo de pasar de la observación a la meditación: sobre una planta, un arbusto, o una flor. Hasta llegar al corazón del jardín, donde encontramos, expuestas en ambientes idóneos, colecciones de plantas suculentas y flores (in particular orquídeas: en el orquideario) que aman el aire abierto, y otras; más exigentes, cultivadas en ambientes controlados, en intensidad de luz y humedad. Una excelente selección floreal, entre las centenas de plantas autóctonas.
Transcurrieron un par de horas sin casi darse cuenta.
Recordé la famosa escena del filósofo francés Bergson, sensista, que, en la demostración sobre el poder de los sentidos, hizo decir a una estatua – acercándole una flor a la narís -: me siento olorosa. También yo me sentía oloroso, multicolor, luminoso, vivo, tranquillo,… inmerso en aquel espejo fantástico – al cual deberíamos cuotidianamente dedicar tiempo – representado la naturaleza que nos circunda.
Solo una fuerte lluvia improvisa nos despertó del secuestro sensorial, obligándonos a escapar rápidamente hacia la salida. Donde, dulcis in fundo, había un exposición comercial de plantas de sierra en venta. Y allí me vino la idea de comprar un bonsai de granado para Rosy, en gratitud por su hospitalidad.
En la última parte del trayecto, mientras me llevaba al hotel, José me informó del empeño por parte de las autoridades a incentivar la gradual sustitución – en la decoración urbana: de parques y jardines, púbblicos y privados – de las especies vegetales actualmente colocadas con plantas y flores autóctonas. Considerando que el Ecuador es un importante productor de flores cortadas a nivel mundial, enviando gran parte de su producción, en América del Norte.
Desgraciadamente se trata de cultivaciones frecuentemente insalubres para los trabajadores, que contraen enfermedades a veces graves, durante el tratamiento químico para colorar y estabilizar las flores que deben llegar al mercado, bellas y frescas. Y difícilmente quien las mira o compra pensará, que aquellos fantásticos bouquets floreales, con mil tonalidades, intercambiados entre enamorados o puestos en bella muestra sobre mesas elegantes o en salones chic, en esta parte del mundo han costado la salud a miles de operarios.

La historia de Quito narrada en el Museo de la Ciudad

Un tema difícil de resolver, en cualquier ciudad, es el deterioro urbano en ciertas áreas especialmente periféricas. No apreciables del punto de vista comercial. Donde a la escasa calidad edilicia se suma la difícil situación social: marginación, pobreza, droga, prostitución, violencia y rapinas. Un problema semejante debieron resolver las autoridades interveniendo en la zona Rocafuerte cerca del actual Museo de la Ciudad, en la parte histórica de frente al Panecillo.
El área fue redefinida realizando un gran espacio con la forma de un quadrilatero: en el punto más elevado se encuentra un monumento a un pájaro enorme en bronce, el cóndor, con las alas abiertas colocado sobre una alta columna, que domina la explanada donde se pueden ver pocas bancas, jóvenes árboles y jardineras.
Si el objetivo era alejar ociosos y delincuencia, lo han logrado. Hoy se muestra como un pasaje veloz, principalmente hacia una oficina de información turística, el ingreso al patio de una capilla junto a un club de trabajadores y a la entrada del Museo.

Museo de la ciudad, es un título que consiente un dúctil funcionamiento: condicionado por los materiales que acoje y por los objetivos pedagógicos coherentes con la misión prefijada.
Ubicado en el complejo de un antiguo hospital, un tiempo destinado a hospedería y residencia de religiosos empeñados en la obra de piedad. Comprende también una capilla con altares dorados sobre un fondo rojo y negro que resaltan bajo una tenue volta celeste y una columnata blanca. (También este intervento está orientado al restauro y la conservación, de las partes más funcionales y de mayor valor).
Reúne: salas de exposiciones permanetes y temporáneas, salones para convenios y oficinas ausiliares.
El conjunto de cuadros, en las zonas de las gradas y en los corredores de acceso, es lleno de simbología. Recuerdo la gran tela de Atahualpa con taparrabos en medio a una multitud que lo somete a torturas mortales; y en otro cuadro dividido a mitad del claro/obscuro: en el lado del claro se encuentra un indio en su hábitat natural; de frente, en el lado obscuro, un soldado español que, bajo el casco, al puesto de la cabeza tiene un cráneo. Inútil comentarlo. Se anuncia la visita a una historia de dominación.
La muestra permanente es un itinerario diacrónico en el tiempo, en el alternarse de objetos que cuentan la historia de los conquistadores junto a aquella indígena.
Señala el inicio del recorrido una vieja estampa ampliada a toda la pared, que muestra las primeras construcciones coloniales de Quito, con un alboroto de personas y animales. Siguen los contrastes: una corona de plumas multicolor vecina a armas, armaduras y cascos de fierro utilizados por los españoles. Una choza con el techo de paja con el interno pobremente arreglado; al lado instrumentos musicales (entre ellos un arpa criolla); preciosos libros incunables y cerámicas. Cuadros con elegantes damas españolas arregladisimas, pavoneantes sobre humildes indígenas; una maqueta reconstruye las marchas forzadas sobre los empinados caminos de herradura andinos, con indios que caen en el vacío, agotados por las penurias, azotados por los infantes y caballeros españoles. Pinturas de la Vírgen, santos, obispos y frailes de varias órdenes: los nuevos ídolos impuestos con la fuerza. Telares, ruecas, colorantes, telas de algodón y lana, representan el pasar de una economía de intercambio a una produción textil en gran escala impuesta a los nativos y que enrriqueció las colonias americanas. Los nobles usan vestidos elegantes, mientras los nativos, siempre ocupados en algún servicio, están cubiertos con miserables ponchos y sombreros rotos. Y continuando con las pinturas pedagógicas: escenas infernales de horribles castigos para los “pecadores”, subyugados psicológicamente y jurídicamente. Los indigenas no conoscían violentas restricciones religiosas – salvo las crueldades incaicas que precedieron a aquellas españolas – amaban el sol y la naturaleza de la cual se sentían partícipes. No conoscían el “temor”, o peor aún el “terror” divino, sino el “respeto” o “admiración” hacia las divinidades naturales, aunque si a veces obscuras y hostiles, contaban con la actividad de los chamanes para pacificarlas.
Todavía, doblegado con la fuerza, el pueblo adoptó los nuevos ídolos cristianos, hasta llegar a una religiosidad compulsiva. Obsesiva. (Ejemplo de “religión opio del pueblo”: refugio y consolación para vidas marcadas por el sufrimiento y los abusos). Represiva de los deseos, incitaba a la mortificación corporal con instrumentos de auto tortura: cilicios, corpiños con clavos, látigos, etc. Religiosidad con aire de superstición. (Hoy, en los negocios se venden muñecas vestidas de monjas o muñecos en túnica negra y collar de sacerdote. Las santerías son llenas de baratijas religiosas: estampas, rosarios, velas, medallas, aguasanteras… un multiforme armamentario de vestir, usar, encender… para conquistar el paraíso o defenderse del diablo. El devoto convertido en chamán: provisto de atavíos de protección para entrar en contatto con lo ultraterreno y obtener la benevolencia).
En ciertas ceremonias religiosas incluso las mujeres, sobre los vestidos negros, usaban blancas albas sacerdotales bordadas.
De paranoia feticista religiosa fue ilustre víctima el pintor Miguel de Santiago, recordado en el museo con una grande tela suya y la reconstrucción del estudio. Refiriéndose a él, José me contó un episodio que aún tengo dificultad a creer: debiendo realizar la pintura de un muerto, para encontrar las tonalidades justas de la expresión cadavérica, se dice que ¡asesinó el propio modelo!
Restos de cerámicas, cestas de mimbre, obras en metal, o en madera, quedaron por siglos como expresión de arte pobre remandada por generaciones. Así como tomaban de la tradición las artes de la carnecería, de las conservas alimentarias y del sembrar. Pero en las actividades artesanales y agrícolas, los frailes tuvieron un rol primario introduciendo en el Nuovo Mundo productos desconocidos y enseñando nuevas técnicas y el uso de nuevos instrumentos de trabajo. A los agricultores impusieron como modelo a seguir: San Isidro.
La homónima confraternidad se insedió en la iglesia de Santo Domingo.
Una gigantesca descripción se encuentra sobre un cuadro con gente abandonada a la diversión: “Las fiestas indígenas se celebran siempre en medio a tanta alegría y con abundante aguardiente de caña y chicha …” También en esta parte del Nuovo Mundo valía el dicho romano: semel in anno licet insanire ; para, rápidamente después, correr donde el confesor a librarse de los pecados cometidos. En el Museo de la ciudad, no falta en muestra un viejo confesionario en madera de discreta elaboración.
Mientras tanto la ciudad crecía activamente en el trabajo, en el comercio, y, especialmente por la noche, en las diversiones. En Quito la democracia, en primis, tomó cuerpo en las tabernas y en las casas de complacientes damiselas. Entre cantos, bailes, licores y deseos sexuales donde todos participaban: sacerdotes, frailes, ricos, pobres, jóvenes y viejos, solteros o casados. Tanto que la fama de ciudad lujuriosa saltó sus confines.
Aparentemente para los organizadores del Museo es importante recordar las discriminaciones sociales por parte de la iglesia católica en sus templos. En un maqueta se reconstruye la disposición en la iglesia de los fieles: sentados en primera fila, estaban los nobles y los militares; seguían los criollos bienestantes, y en fondo, en pie, los pobres y los indios.
Llegamos a los bellos tiempos – solo en intenciones – de la liberación de la corona española y de la religión de estado: la época republicana, a la que correspondió la produción de periódicos y la imprenta “libre”. En un poster gigante, junto a una vieja imprenta, se lee una frase libertaria, de la cual no recuerdo el autor:
“No hay rey no hay padre/no hay señor, no hay soberanía/no hay legítima autoridad /no hay herederos sucesores/nosotros hemos quedado/libres naturalmente”.
A la que sigue otra estrofa, escrita por otra pluma (?), con igual vehemencia:
“¿Què es el pueblo soberano?/Es un sueño, una quimera/Es una porción ratera/Es gente sin Dios ni rey/¡Viva pues, viva la ley/ ¡Y todo canalla muera!”
Se comenta poco, pero se entiende como la revolución francesa destapó la olla llena de odio hirviendo contra toda opresión de la libertad humana.
Ciertamente, no eran ideas nuevas; albergaban en el corazón de la humanidad oprimida, y con el tiempo maduró el momento de expresarlas sin restricciones.
En el piso en madera encontramos la reproducción de un mapa histórico de Quito, del que una vieja foto recuerda las parcelas de los campos cultivados, antecedente a la actual cementación.
Viejas carrozas tiradas por cavallos; utencillos domésticos de época, símiles a aquellos aún hoy utilizados; instrumentos musicales y de topografía geodésica, una cama modular que se transporta como maleta y el medallón del explorador von Humboldt, narran otra epopeya de Quito, desde el 1700 al 1800: punto neurálgico sudamericano en los estudios naturalísticos. Ciudad del primer observatorio astronómico y de la localización del grado 00 ecuatorial. Y, a mitad del 1500, base de partencia de la primera expedición española que localizó y recorrió hasta el Atlántico, el Río Amazonas, por obra de Francisco de Orellana. (Inicialmente el río tomó el nombre de Río de Orellana). Partió de España como conquisdor, llegó en América del Sur en 1541, como brazo derecho de Gonzalo Pizarro, en la búsqueda del mítico El Dorado , al Este de Quito.
El descubrimiento del trayecto del inmenso río fue reclamada con orgullo por la ciudad. Evento que, en agosto del 1951, celebraron con una placa de bronce también los nuevos residentes: españoles, libaneses, italianos, israelitas, alemanes, franceses y belgas.
El poder atractivo de esta remota ciudad fue cierto determinado por la favorable posición geográfica, pero también por la hospitalidad de la gente, curiosa e interesada a la novedad.

La visita al Museo de la Ciudad es una experiencia especial: síntesis de la historia y memoria de la capital, narrada sin adornos inútiles, ni restricciones voluntarias. Complemento ideal de un viaje en el presente y en el pasado de Quito. Desde los ambiciosos conquistadores, que la creyeron El Dorado. Mas, aún si lo hubiera sido, robada para siempre a la inocencia y a la felicidad primitivas.
Quedará para siempre capital ideal de El Dorado. Punto de arrivo de viajeros en busca de fortuna, bellezas estéticas y naturales, relaciones humanas, fantasías, mitos, leyendas vecinas y lejanas en el tiempo, que aquí sobreviven en abundancia; y punto de partencia hacia aquellas formas de Edén que han subsistido, escondidos entre los barrancos andinos, la selva amazónica, en las costas soleadas, o en islas remotas y encantadas.

A caza de mariposas en el bosque pluvial de Mindo

Andando en busca de mariposas, no era mi intención emular ciertos espíritus literarios: Hermann Esse o Vladimir Nabokov, a su nombre se dedicó la especie de mariposa que él descubrió. Simplemente, errando en el bosque pluvial, no lejos de Quito, encontré un criadero de mariposas (mariposario) que despertó mi curiosidad.
Ya he tenido experiencias de bosques nuvosos primitivos, sin embargo con José combinamos un paseo a Mindo. A un par de horas en automóvil de la ciudad. Servía también para hacer descansar las piernas del cuotidiano pisoteo por calles, callejones, plazas, iglesias, museos y monumentos, regalándonos la inmersión de un día en ambientes naturales; símiles a aquellos vividos por el hombre desde los primeros pasos en esta parte del Nuevo Mundo.
Hoy, llegar a Mindo es fácil siguendo la óptima viabilidad compartida con los turistas que se dirigen al mar de Esmeraldas. Donde muchos quiteños tienen una segunda casa.
El trayecto es tortuoso, pues contornea las montañas cubiertas de bosques, de las que bajan repentinas cascadas de agua, ofreciendo escenarios que se vuelven surreales al impacto repentino con nubes bajas que enmarcan paisajes aparentemente siempre iguales: barrancos, verdes prados, laderas robadas al bosque destinadas al pastoreo, picos de las montañas envueltas en la niebla, perfumes floreales y de tierra mojada, o mejor ensupada de lluvias que, antes o depués, cada día se materializan.
A los lados de la vía, se ven con fecuencia carteles que anuncian la venta de fincas, en lotes de 25 o 40 hectarias. A lo mejor, porque como en Italia, ‘la tierra es dura y baja’, (es decir que para trabajarla es necesario agacharse) aunque si florida y fértil. Por eso comprendo la intención de los vendedores: llenarse los bolsillos para dirigirse a la ciudad. El fenómeno de la migración hacia las zonas urbanas, y el èxodo o abandono rural, parece global e inarrestable.
Estos lugares ofrecen pastos perpetuos, frutas, hortalizas, productos de toda especie y en cada momento del año, en un clima siempre primaveral. Animales domésticos y selváticos, y tanta variedad avicola, que aquí encuentra el hábitat ideal.
Aproximándose a Mindo, se ven carteles que prometen puntos de observación, en particular, de volátiles exóticos, atraídos de la abundante distribución de alimento por parte de los residentes, para alegría de los turistas. Es un modo para favorecer la caza fotográfica de los colibrís, de la rupícola peruana, y de otras 400 especies de aves identificadas en la zona, pagando a las guías cifras que van de 80 a 220 dólares.
En aquel remoto pueblo, opté por la observación en diferentes puntos del impetuoso Río Mindo – que con gran fuerza se lleva materiales o animales inadvertidamente caídos en agua-. Hasta llegar a un criadero de mariposas: el mariposario. Inicié así mi cacería fotográfica. (Son prohibidas las redes). Por cierto no siempre fácile: porque es necessario tener la fortuna de poder fotografarles en vuelo, en los momentos de máxima actividad. De lo contrario, con las alas cerradas, esconden fantásticos coloridos diseños .
En Mindo se encuentran tantos jóvenes que pasean a pie hacia el río, el bosque, el mariposario o el orquideario. Una actitud diferente de mi apresurado viaje en automóvil. Hacia ellos mi simpatía y un poco de envidia. Hubiera deseado, como ellos, pasear sin prisa, evitando rocas, baches, fango; con los ojos, oídos y nariz listos para acoger sensaziones, imágenes y ecos ancestrales provenientes del bosque y del flujo del agua, en aquel lugar donde todavía por fortuna la mano del hombre ha influenciado poco.
Si bien, me encuentro en una edad libre de empeños incumbentes, tengo aún tantas ambiciones bulímicas juveniles que deseo llenar con la mayor cantidad de experiencias, descuidando la profundidad, y la esencia del vivir. Reconosco el defecto, pero encuentro difícil, eliminar algunas cómodas malas costumbres sedentarias.
Así como cuando, al inciar del día, vi el joven indú realizar ritos de renovación de los lazos ancestrales entre el hombre y la naturaleza. Gestos nobles, dignos de compartir, pero que no cumpliría, sin sentirme lleno de ridículo.
Pero no todos los jóvenes que encontré tenían el paso lento y curioso de sus coetáneos vistos en Mindo.
En un ángulo del patio reservado a los fumadores, los últimos saludos, la noche anterior a dejar Quito, los intercambié con dos jóvenes: ella suiza de Zúrich, el alemán de Stuttgart. Impresionante fue escuchar el programa de viaje de la chica. Muy movimentado. Después de dos días pasados en esta ciudad, iva a Panamá, para una excursión en el mar; después debía ir a Cartagena, en Colombia, donde le esperaba un trekking sobre los Andes. El todo, se cumplía en una semana más o menos. A lo mejor es normal que sea así.
A mi edad, generalmente, se podría preferir andar lentos; mientras en los jóvenes parece más impostergable el afán de acumular experiencias y conocimientos. Siempre que el espíritu juvenil brillante y ansioso no de paso – como en el caso de los muchachos de Mindo – a un proceder relajado, hacia la búsqueda de empatía con personas y cosas encontradas en el camino.
Considero que los nuevos instrumentos ausiliares del viajero son bienvenidos. Pero, queda el hecho importante de lograr gobernar el impulso al consumo, enfatizado de nuevos y eficaces dispositivos a disposición: mapas, guías, sugerimientos comerciales; y afidando siempre con mayor frecuencia la memoria y los recuerdos a la cámara fotográfica o a la filmadora, que al cerebro y a los sentimentos.

A la Galápagos de los pobres

Para llegar donde mis amigos, en la vía de regreso del Ecuador, debí bajar a Guayaquil, aeropuerto internacionale en el sur del país. Aprovechando de la circunstancia, pensé en una etapa intermedia en la Isla de la Plata, indicada en las guías también como Galápagos de los pobres. Ya que el tiempo a disposición no me hubiera consentido una digna visita a las célebres islas, recordadas también por los estudios de Darwin.
En realidad el puerto más cercano a la isla era Puerto López, descrito no muy atractivo, por lo que preferí pasar por Montañita.
A veces las guías exageran. Pues se indicava como advertencia, para mí, desproporcionada: en Montañita, en los hoteles de frente al mar se ofrecen tapones para los oídos a los clientes, para dormir en la noche. El ruido sería causado por el incesante movimiento del mar. En vez la noche se duerme bien, arrullado por aquel rítmico sonido. Alegría para flotas de jóvenes, que llegan de todo el Sudamérica a cabalgar ondas marinas que parecen hechas a propósito para los surfistas. Más bien, a disturbar el sueño son le discotecas – especialmente en los fines de semana – que no ahorran decibelios, toda la noche hasta el alba. En compenso, la hospitalidad es para cada gusto y bolsillo. Dado el masivo flujo de gente, es fácil encontrar hoteles, bares, restorantes y pizzerías al propio alcance.
La ciudad, de frente al mar, tiene un bello malecón inalzado: en el largo muro rompeolas. Ideal para quien como yo el mar agitado prefiere solo mirarlo. Mejor si cómodamente sentado en una terraza, a la hora de un fantástico tramonto tropical, bebiendo una cerveza fría, haciendo barra por los muchachos y muchachas armados de tablas que hasta el atardecer intentan cabalcar las olas complacientes.
Al día siguiente, en Puerto López, partiendo hacia la isla, fui asignado a Welington. Un mestizo, bajo y fornido, diligente y apasionado en el rol de guía. Empleado de un Ente Parco encargado de vigilar el área. En las guías ecuatorianas, se indican muchos parques instituidos para tutelar y valorizar zonas preciadas distribuidas en toda la nación. (De aquella visita, obtuve una óptima impresión sobre la eficiencia de los parques).
Esta isla, administrada por un privado que ahí había costruido un hotel (hoy punto de encuentro turístico), estaba degenerando en un lugar inhóspito para la avifauna: los albatros venían apaleados por los pescadores para hacerles escupir los peces.
Aquí nidifícano colonias de aves marinas: piqueros o sulas patas azules; fragadas, piqueros patas rojas y pelícanos que se avistan con cierta frecuencia, junto a una variedad de gabiotas, golondrinas de mar y petreles. Los albatros frecuentan la isla desde abril hasta octubre, los delfines y las tortugas gigantes nadan en sus aguas. Los arrecifes coralinos a lo largo de la costa son meta espectacular para el snorkeling.
Welington, consciente de la ironía sucitada por su nombre, cada día vence su pequeña batalla, bajo el implacable sol ecuatorial, haciendo transcurrir una placentera jornada a los turistas que lo siguen, con gran capacidad en el comprender y hablar el idioma que conoce, el castellano. A otra guía, que hablaba inglés, le fueron asignados los otros turistas.
Antes de desembarcar, invitada de los pedazos de pan, una tortuga gigante giró alrededor del barco. Una bienvenida inesperada, que me hizo pensar: las Galápagos serán para otra vez, ahora disfrutemos aquella de los pobres. El diligente Welington pero quiso precisar: <>.
La isla es un ejemplo de bosque seco ecuatorial, con especies vegetales que demuestran las escasas precipitaciones bajo el calor infernal.
Un poco por la falta de aire, escalando empinadas subidas y bajadas que caracterizan la pequeña isla estrecha y retorcida, como también por el placer de capturar detalles fotográficos, me sucedió con frecuencia de quedarme en la cola del grupo. El buen Wellington, colocándose a mi lado, describía el nombre de las especies de plantas y flores objeto de mi atracción.
Una vez en la parte alta, nos hizo fermar en diversos puntos. Desde uno de ellos, se entreveía un afloramiento rocoso plano cubierto de guano. De sus reflejos nocturnos sobre el agua al claro de luna – según Welington – habría tomado el nombre la isla: Plata. (La asociación del la plata, metal precioso, con el excremento de los pájaros parece osado, pero no falta un cierto encanto poético en aquel ángulo solitario, silencioso, inaccesible, donde las aves pueden descansar indisturbadas). Otros sostienen que el nombre deriva del tesoro que allí habría enterrado sir Francis Drake . El famoso corsario.
Otro punto de observación está circundado de colonias de aves marinas volando o firmes sobre las ramas, como grandes inflorescencias, aparentemente no disturbadas por la presencia humana.
Así como son acogedores los piqueros patas azules, dispersos aquí y allá bajo secos matorrales. Solitarios, en pareja, o con su pequeño. El polluelo del piquero crece rápidamente, manteniendo a largo el plumaje neonatal, que no les consiente volar muy pronto. Tal característica expone a una muerte cierta muchas generaciones, nacidas en estaciones demasiado secas. (Según Welington estábamos en una de ellas).
Aunque si algunas reglas duras están inscritas en el destino de las especies vivientes, de frente a la penosa fin de aquellas aves no se puede no probar frustración e impotencia. Por eso, no comprendí si, el no intervenir en ayuda de los pollitos de piquero, fuese una elección técnica tomada por la conducción del parque, o, en cualquier manera, porque era inevitable la muerte de aquellos pobres emplumados, que, por mansedumbre, te hacen enamorar apenas los ves.

Viajando en Ecuador se puede perder peso

De viajero sobrepeso, hice mía una costumbre ecuatoriana: una sola comida abundante al día, preferiblemente al almuerzo. En las otras horas del día se consumen alimentos ligeros, en casa o fuera.
Cuando llegué en Montañita me di cuenta, que siguendo aquella “dieta” y moviéndome mucho, en poco tiempo había perdido un buen número de kilos. Favorecido de la amplia disponibilidad de fruta y verdura fresca.
En realidad, el descubrimiento de la vianda principal diaria sucedió en los últimos días con los parientes de Teresa Caballero, antes de partir. Por mi parte, la había adoptado espontáneamente. Al contrario, con los parientes de Teresa comprendí que en ciertas circunstancias – como en los días de fiesta – la preparación de los alimentos involucra toda la familia. Como, en la Semana Santa antes de Pascua, para la preparación del plato típico tradicional, la fanesca , la familia se empeña desde los días precedentes, en particular modo para desgranar y preparar cereales y legumbres, que entran en la composición de la sopa.
Ciertas especialidades culinarias ecuatorianas no se encuentran fácilmente en los restorantes frecuentados de los turistas. Para provarlas, es necesario andar en los restorantes indígenas, o en las hosterías o dirigirse a los quioscos a lo largo de las vías.
La tradición, detrás de los platos típicos, es muy antigua y variable, en las regiones ecuatorianas: Costa (carca al mare), Sierra (altoplano) Oriente (amazonía), también en virtud de la disponibilidad de productos naturales frescos todo el año: fruta, verdura, carne, pez, cereales, hortalizas,…tanta abundancia ha impedido el desarrollo de técnicas conservativas a todos notas: quesos añejos, elaboración de cárnicos, conservas, etc.
Una experiencia no muy exaltante fue un plato caldamente sugerido por los amigos en Quito, como típico (¿sería una broma?): el cuy asado (o conejillo de indias, originario de América del Sur). Un enorme hámster servido crocante en pincho, con contorno de papas y habas. La carne no era mala, pero ver la cabecita de la gruesa cavia aún pegada al cuerpo no me favoreció el apetito.
La pasión por la carne es constante en los altiplanos andinos. Van a la grande los platos con pollo, acompañados con papas fritas o plátano frito que puede ser servido también como entrada. El pollo servido a la brasa o dorado. Común es también el lomo salado: pedazos de carne de res o ternera cocinados en sartén con tomate, cebolla y especies varias. En algunos restorantes sirben el cordero y el chancho. Probé muchas de estas especialidades, sin tomar nota sobre el gradimento de este o aquel plato. En la mesa soy curioso, por lo tanto pruebo sin vacilar.
El consumo del chancho es muy difuso – como en Italia no se bota nada – transformado en chichorrón, chorizo, o cocinado en la típica fritada del altoplano: en pedazos, incluso las costillas, cocinado con muchas especies en paila de bronce.
A lo mejor no comeré las sopas de la abuela indígena: el yagualocro (a base de patatas y sangre de borrego) o el caldo de pata (pata de res con patata o maíz herrbido), donde flotan tiras de ubre de vaca; o la guatita cocinada con papas y salsa de maní, pero en Ecuador van a la grande estos alimentos. Hay otros platos que en cambio no los excluyo, como el caldo de pescado o el caldo de gallina o de pollo, o la sopa de gallina con tallarín en stile ecuatoriano.
El pollo y las otras carnes, en general, se cocinan en tantos modos, acompañadas con arroz, usado frequentemente: equivale más o menos a la pasta en las mesas italianas. Como también otros productos: patatas y plátano, que no faltan, equivalen al utilizzo del pan en los países mediterráneos.
El mar ecuatoriano ofrece una discreta variedad de peces, en los restorantes de la costa a buen precio, se encuentran langostinos y langostas. Especialidad típica es el ceviche: pescado crudo o cocinado; camarones, calamares y moluscos marinados con limón y ají, servido con cebolla y contorno de maíz. El maíz, de tradición antiquísima, viene cocinado en tantos modos, y entra en la preparación de alimentos salados o dulces y en bebidas moderatamente alcohólicas.
Sobre la mesa al almuerzo o merienda, no falta la salsa de ají, condimento de alimentos salados.
Otra receta típica es el bolón de verde con queso o chicharrones. Muy nutrientes, consumidos incluso al desayuno.

Mi poca experienciaza culinaria ecuatoriana – ideal en el propósito de perder peso – fue muy especial, sin tener que recurrir a la cocina internacional. Me dejó el recuerdo de sabores y elaboraciones resultado de antiguas y nuevas tradiciones, como testimonio de una preciosa cultura gastronómica. En Ecuador, en definitiva, se puede adelgazar, pero sosteniéndose en una óptima cocina.

La foresta seca: entre los primeros insediamentos humanos en Ecuador

Partí con una lista de lugares de visitare, proporcionada al tiempo disponible. Confortado inclusive de indicaciones contenidas en las guías: en veinti/quince/diez… días puedes cumplir este o aquel tour. Pero iniciada la aventura, me di cuenta del enfoque equivocado. O, mejor, aquel modo de proceder no correspondía a mi estado de ánimo y a los intereses encontrados durante el viaje.
Había previsto un “giro” clásico: Quito, volcán Cotopaxi, Latacunga, Circuito de Quilotoa, Baños, Puyo, Riobamba, volcán Chimorazo, Alausí, Naríz del Diablo, Cuenca, Ingapirca, Vilcabamba, etc. Montañas, volcanes, altiplanos espectaculares, ciudades históicas, lugares singulares por historia y características ambientales.
Después de los primeros pasos en Quito pensé: ¿la lista de lugares traída es válida? (a quien yo consultaba me lo confirmaba), una prueba fugaz del Ecuador en grado de despertar el interés de profundizar en viajes sucesivos. Un tour de force que era en grado de afrontar.
Pero, el camino que estaba recorriendo en Quito me condujo en otras direcciones. Y como etapa final, antes de partir de Guayaquil, después de la Isla de la Plata visité la zona de Valdivia, de la que tuve noticias en la Casa del Alabado, como el lugar de los primeros insediamentos humanos en la costa ecuatoriana. Una primacía, establecida por los estudiosos, gracias a los hallazgos de objetos. Lo que no excluye que antes de esta no fueran exploradas y habitadas otras localidades de la costa.
Hipótesis aparentemente peregrina; pero; menos extraña, al llegar en esta área de selva seca. Característica de la costa centro meridional ecuatoriana, que se extiende por una discreta profundidad hacia el interno, y termina incluso en zonas áridas y desérticas. Cierto, el vecino mar para pescar debía constituir un óptimo complemento para la sobrevivencia.
Una vez más, constatamos la enorme capacidad de adaptación del ser humano aun en ambientes aparentemente inhóspitos; y, que en situaciones impensables fue capaz de contribuir al desarrollo de la civilización.
De los remotos lugares solitarios, base de asentamientos humanos a lo largo de la costa, solo quedan pocos restos.
A lo largo del asfalto bien tenido de la carretera litoral, se ecuentran ciudades, pueblos de pescadores, salinas imponentes, lagos para piscicultura, terminales petrolíferas con filas de tanqueros esperando para llenarse, refinerías, playas equipadas para la balneación. Y enormes cartelones publicitarios, con tono patrióttico, que exaltan el potencial turístico y la determinación ecuatoriana a proseguir en el “progreso” emprendido.
El interno, en cambio, es menos influenciato por la mano del hombre. Todavía imponentes obras de irrigación, que toman el agua del poderoso Río Guayas, demuestran que aquella tierra – quemada del sole ardiente y cubierta de una escasa y espinosa vegetación– se puede transformar en óptima produtora de una variedad infinita de fruta, sementeras, plantaciones y pastos para criar animales. Lo pude apreciar, de huésped, en la hacienda de la señora Nena. (Donde un muchachito de cinco años, cabalgando a pelo, se demostró listo para correr en el Palio de Siena ).
Pero, aquella especie de milagro, ¿quizá cuándo podía realizarse sin el empuje propulsor económico debido a la extracción del petróleo proveniente de la selva amazónica? y ¿cuánto la selva sufriría las consecuencias de exploraciones sin límite?
Temas objeto de discusiones en ambientes sensibles a la ecología; entre preocupación y cólera.
Vivimos una época histórica de pasajes extraordinarios, sobre los cuales el viaje en Ecuador ofreció importantes elementos de reflexión. Aunque si gran parte de nosotros, como contemporáneos no estamos en condiciones de evaluar plenamente la evolución. Sino de aquí a diez/veinte años al máximo.
¿Será posible un “progreso” equilibrado: respetando la naturaleza y eliminando la pobreza? ¿Los patrones del mundo, los tiburones financiarios nos lo consentirán?
Non es retórico preguntárselo. Al contrario. Parecería una óptima brújula para enderezar el camino de la humanidad.

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Testo originale, tradotto in castigliano da

quito